Hay personas que te acompañan toda la vida. Esto no quiere decir que hagan contigo todo el trayecto, que caminen siempre a tu lado y no se separen de ti, que se detengan cuando tú lo hagas o que cambien de rumbo cuando sientas que la dirección no es la correcta. Tampoco quiere decir que te respondan al teléfono de forma inmediata o que compartan contigo las largas tardes de domingo. Las personas que te acompañan toda la vida no tienen por qué actuar así, porque el viaje es tan largo y hay tantas distracciones que hasta puede que incluso seas tú quien se desvíe del camino y te olvides de la compañía. Sin embargo, esas personas a las que me refiero, siempre están presentes, de alguna u otra manera, aunque no lo estén físicamente, aunque no las veas ni pasees con ellas ni tomes un café o una cerveza cada viernes por la tarde. Esas personas deambulan en tu memoria, e incluso, en tu presente, habitan tus pensamientos y hasta puede ser que, en ocasiones, hables con ellas y les preguntes cosas que te ayuden a decidir qué debes hacer, qué camino elegir, si es mejor ir a la izquierda o a la derecha, si es preferible bajar o subir o si, contra todos tus pronósticos, la respuesta es simplemente no hacer nada. Porque las personas que te acompañan toda la vida son como los sitios que has habitado, como las calles que pateabas cuando niña, como el barrio y los columpios, como la avenida que recorrías para llegar a los quince, como la plaza y un banco lleno de pipas, los charcos y el puerto, el muelle y todo el mar. Esas personas y lugares tienen nombre y pertenecen a tu historia y, cuando, de pronto, tras un largo caminar, reaparecen en tu vida, traen nuevos recuerdos y te hacen volver atrás, a recrear los tiempos de la infancia, los espacios que fueron de la juventud. Entonces, la sensación es extraña porque habías olvidado la importancia de los sitios primeros, de aquellos que eran cotidianos y de los que, un día, hace ya mucho tiempo, decidiste alejarte porque siempre era lo mismo, siempre era igual, siempre la misma plaza y la misma calle y el mismo mar que se iba para volver de nuevo a la misma orilla. Por eso saliste y probaste otras ciudades y otros espacios llenos de vidas distintas y de plazas más grandes con calles hermosas y avenidas sin final. Y estuvo bien, porque tu memoria se llenó de nuevas imágenes que dibujaban ciudades increíbles en las que no había mar, pero sí ríos y lagos y muchos lugares fantásticos. Y fue genial. Fascinante. Extraordinario. Estupendo. Maravilloso. Y, sin embargo, y, a pesar del viaje, insistes en volver al barrio, a la calle que acaba en los columpios, a la plaza de los charcos y a todos los espacios que son tuyos, porque así fueron en la infancia y en una juventud ya lejana.
Hay lugares que te acompañan toda la vida, aunque no camines por ellos como antes, aunque ya no puedas acceder porque hay demasiada gente, porque el bar de los viejos ya no existe, porque está prohibido, porque hay demasiada gente, porque la playa está contaminada, porque el bar es un salón de juegos, porque los bancos de la plaza se han roto, porque hay demasiada gente o demasiados coches, y en lugar del café hay una vaca en una tienda, porque la escollera también está rota y los charcos son pantanos, y porque la plaza se cae o se traspasa, se alquila, está en venta, on sale, zum Verkauf, в продаже.
Como las personas, hay lugares que te acompañan toda la vida. Esto no quiere decir que hagan contigo todo el trayecto, que envejezcan a tu lado o que no cambien, porque el tiempo es largo y difícil y, como hemos visto, todo lo rompe. Esto lo que quiere decir es que esos lugares no deberían desaparecer, deberían de salir siempre en la foto, aunque ahora sea digital y puedan adquirir poses diferentes. Esos lugares son la memoria, el recuerdo que construye lo que sientes, lo que eres, el barrio que también eres tú, la calle que pisaste y que guarda los aromas, las risas y el llanto de las personas de toda la vida. Esos lugares pertenecen a tu historia, te sonríen, te recuerdan la tristeza, el enfado, la alegría, la vida primera, un banco lleno de pipas y todas las infancias.

