tribuna

El orgullo de que el mercado trate de copiarte

Hay un momento en el camino de cualquier empresa que marca un antes y un después: cuando los demás empiezan a copiarte.

Primero te observan en silencio. Analizan tus movimientos, imitan tu lenguaje, tu estética, tu forma de contar la historia. Es la fase de imitación, y aunque algunos la viven con recelo, en realidad es el primer reconocimiento: tu trabajo ha roto la inercia del sector.

Después llega lo inevitable: descubren que lo esencial no se puede copiar. Porque lo esencial no está escrito en un manual ni en un procedimiento burocrático. Lo esencial está en la cultura, en la disciplina diaria, en la pasión de un equipo que cree en lo que hace. Y es ahí donde aparece la fase del descrédito: te critican, te señalan, intentan reducir años de esfuerzo a una moda pasajera o a un golpe de suerte.

Finalmente, con el tiempo, aparece la fase de la admiración. A veces pública, otras veces silenciosa. Pero siempre inevitable. Porque los resultados hablan más alto que cualquier rumor, y el mercado termina reconociendo a quienes realmente marcan la diferencia.

La historia está llena de ejemplos. A Henry Ford lo llamaron loco cuando propuso que la cadena de montaje podía transformar la industria automovilística. A Apple lo ridiculizaron por lanzar un teléfono sin teclado, y a Netflix lo despreciaron porque “nadie dejaría de ir al videoclub”. Hoy, esas ideas no solo triunfaron, sino que redefinieron sectores enteros.

El patrón siempre se repite: primero imitan, luego critican y, al final, admiran.

Como empresario, esa es una de las mayores satisfacciones: comprobar que te copian. No porque copiar sea halagador en sí, sino porque confirma que vas en la dirección correcta. La verdadera prueba es descubrir que lo que no pueden replicar es el alma de tu equipo, la historia que construyes cada día, la libertad de decidir hacer las cosas de otra manera.

En los momentos de crisis, como la pandemia, esa diferencia se hace evidente. Hay quienes, al segundo telediario, enviaron a sus plantillas al ERTE, priorizando balances sobre personas. Y hay quienes decidieron no dejar atrás a nadie, porque los valores no se pueden impostar. Esa diferencia es la que, con el tiempo, marca qué proyectos trascienden y cuáles se marchitan.

El verdadero éxito no está en ganar un contrato más o menos, ni en aparecer en la foto con el político de turno. Está en competir con dignidad, sabiendo que incluso aquellos que hoy te critican acabarán reconociendo, aunque sea en silencio, que abriste camino.

En Canarias lo sabemos bien. Durante décadas nos han intentado convencer de que solo hay una manera de hacer las cosas: dependientes de subvenciones, obedientes a un monopolio emérito, resignados a un destino limitado. Pero cada vez que alguien demuestra que se puede innovar, crear empleo estable y plantar cara a las inercias, enseguida llegan las imitaciones, las críticas y, más tarde, la admiración.

Esa es la mayor victoria: comprobar que las cosas sí se pueden hacer diferente. Que ayudar al prójimo no significa abrazos vacíos ni premios comprados, sino compartir de manera justa el fruto del esfuerzo, construir futuro con honestidad y devolver a la sociedad más de lo que tomamos de ella.

El orgullo de que te copien no es vanidad. Es la señal inequívoca de que has conseguido algo que incomoda a quienes se aferran al pasado y, al mismo tiempo, inspira a quienes quieren caminar hacia adelante. En ese espejo se reflejan no solo las empresas, sino también las sociedades: primero niegan, después critican, y al final reconocen a quienes se atrevieron a abrir camino.

Jonathan Perez Padrón

Chief Executive Officer Hidramar Group | Impulsando Canarias desde la reindustrialización y la exportación como motores de generación de riqueza neta

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