por qué no me callo

Lecciones andaluzas

Ahora lo que resta es ya un descampado. Con Andalucía se cerraba el ciclo de las urnas regionales, pero no el debate que hace crujir las cuadernas del PP: su mayor dependencia de Vox.


A Juan Manuel Moreno Bonilla se le valora la buena intención. Mantiene dentro del PP un discurso que recuerda a Ciudadanos cuando Albert Rivera quería parecerse a Suárez y se coló entre el PSOE y el PP. Stéphane Hessel, el sabio anciano que escribió ¡Indignaos¡ en 2010, en la resaca de la Gran Recesión, se alió en España con José Luis Sampedro, otro lúcido longevo. Juntos convocaban a los jóvenes a rebelarse contra el descrédito de la democracia turnista, y hubo acampadas en las plazas y en la Puerta del Sol. Derribar el bipartidismo era parte del asalto a los cielos.


Ahora estamos en otra plaza, con los indignados votando a Vox, un partido emergente que en varias autonomías tiene la sartén por el mango. En Andalucía, no obstante, la sorpresa ha sido el nacionalismo de izquierda, el partido de Teresa Rodríguez, de la que se mofaba un internauta, porque se cubría la cabeza con la kufiya palestina, y le preguntaba en las redes: “¿De qué vas disfrazada?” “Voy de señora con quimio”, respondió ella. Padece un cáncer.


Este domingo ha sido un laboratorio. Por Andalucía (la izquierda de la izquierda) resistió, pero ese partido revelación, Adelante Andalucía, es el que más crece, cuadruplica sus escaños (de dos a ocho) y alienta el debate, tan sensible en Canarias, sobre el techo del nacionalismo progresista, que aquí sigue siendo un nicho desafiante.


Es un clásico, el eterno diferendo entre CC y Nueva Canarias. Si CC disputa la derecha al PP o conserva virutas progresistas, si el espacio propiamente de izquierda de Mauricio y Román tiene posibilidades, etcétera, etcétera… La fórmula del hegemón la tenía CC hasta que se escindió, porque era un partido de 180 grados. Ahora, las grandes fuerzas hacen cuentas, mirando de reojo a Vox, como Bonilla. La mayoría absoluta es el Santo Grial.


El PSOE se lame las heridas, con dos escaños menos, en su antiguo feudo, y solo le consuela que el foco esté en Génova porque vuelve a necesitar a Vox. Con esta saga de elecciones autonómicas, el PP se sabía capaz de hostigar a Sánchez (salvo en Castilla y León), pero su plan era, sobre todo, otro: zafarse de Vox y promocionar la idea de que podía llegar en solitario a la Moncloa, para que en 2027 no le pase lo de 2023, que ese lastre le hunda el barco.


Sin embargo, ahora más que nunca, Feijóo depende de Abascal. Y teme al ave fénix, las resurrecciones de Sánchez, el milagro económico español, el despegue en política exterior y el no a Trump.


Así que el PP ha vuelto a la casilla de salida. Y a Bonilla le ha costado caro el negligente caso de los cribados de cáncer de mama, pero, en particular, el pacto de Feijóo, en la víspera, con Vox sobre la prioridad nacional en Extremadura, Aragón y Castilla y León. En mala hora, pensó el andaluz, que se subió por las paredes y maldijo el acuerdo que penaliza a los migrantes en las prestaciones y servicios sociales, porque ponía en riesgo su mayoría absoluta. Lo llamó “el lío”.


No se libró: cinco diputados menos, el partido que más escaños pierde, y, a falta de tan solo dos para la investidura, necesita, cómo no, a Vox, que no quiere “sillones”, sino hacerle beber la cicuta de la prioridad nacional. Bonilla no es María Guardiola, ni Jorge Azcón, ni Mañueco, los tres muñecos de Feijóo. Él representa la esperanza blanca del PP, el único moderado que podría tomar las riendas del partido, en lugar de Ayuso, si las elecciones generales se le resisten al gallego por segunda vez.


Y esos dos escaños, como en la paradoja de Aquiles y la tortuga, se le hacen a Bonilla una distancia infinita. Si Montero (PSOE) le ofrece la abstención para ser presidente de la Junta, quién sabe, esa es la clase de mensajes que reconcilia con la democracia.


Bonilla es nieto de un jornalero socialista y de otro conservador, quiso ser psicólogo y acabó formándose en protocolo y liderazgo en la gestión pública. Su mayor activo es tener un carácter afable.


En 2012, yo aguardaba en RTVE en Madrid a que me avisaran para participar en la tertulia de Xavier Fortes en La noche en 24 horas, y se sentó a mi lado alguien que era secretario de Estado con Rajoy y me contó los problemas que tenía con una polémica sobre la retirada de las tarjetas sanitarias a los migrantes. Era Juan Manuel Moreno Bonilla, tenía la sonrisa fácil, y me acuerdo que le dije que no se quemara antes de tiempo, porque daba esa imagen campechana que conserva, y era como desearle lo mejor a alguien que acabas de conocer y te ha caído bien.


Hay gente que nace con un don que le abre puertas. Ahora tiene que acertar con esa llave.

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