Esta semana es un refrito perfecto de la España polarizada que no se soporta a sí misma. Todos los demonios han salido a pasear. No descarto que Sánchez, que estará pensando en algún titular para la encerrona del Senado de este jueves, en cualquier momento adelante las elecciones (como ayer hizo Extremadura), porque todos los días no se tiene el viento a favor. Con la resaca palestina, el PP tocado y Puigdemont liberándolo de compromisos, acaso se anime.
En la derecha radical sienta bien que Milei haya ganado las legislativas de Argentina, porque, en el fondo, todo es ultraderecha en el potaje conservador actual. Un Milei subsidiado por Trump con fetidez, el peor Milei de su corta biografía política, acorralado por corrupción, batacazo económico y lazos de su entorno con el narcotráfico. Pero todos ellos pecados ‘colaterales’, según qué trinchera. Coincide con una deshonrosa imitación del ‘trumpismo’ por parte de la derecha española, que, a la vista de sus danas, cribados y ‘mordidas’ de ‘votox’, se ha echado al monte a seguir el manual. ¡Qué remedio!
Ni siquiera la ruptura de Junts con el PSOE, acordada ayer en Perpiñán (la consulta a las bases es un trámite innecesario) logra hacer feliz a Feijóo. Conoce su realidad. Valencia y Sevilla arden. Vox, en las encuestas, es su dolor de muelas. El PP recula desde hace meses y, cuando todo desgaste debe recaer en el que gobierna, que Sánchez remonte señala al jefe de la oposición. Alguien va a sugerirle al presidente que apriete el botón cuanto antes.
Vivimos al filo del abismo cada minuto que pasa. Putin, con uniforme militar, anunció el domingo que había probado con éxito un misil nuclear “que nadie tiene en el mundo”, el ‘Burevestnik’. Esa es su respuesta draconiana a Trump por suspender la cumbre de Budapest sobre Ucrania.
Y con la misma altanería, cada cual libra sus pulsos domésticos como puede y le dejan. Puigdemont, sacando pecho y disparando su misil contra el pacto de investidura porque no le han amnistiado a él todavía. Quien sabe si lo que ha lanzado ha sido un búmeran, que se le vuelva en contra. Y se vaya a quedar sin premio.
Si las elecciones se mantienen para 2027 es porque Sánchez se ve con fondos Next más que suficientes para gobernar sin presupuestos, y reta al catalán a apoyar una censura con PP y Vox. Que nadie descarte que Abascal se apee de ese tripartito con cualquier pretexto antisoberanista, porque lo que más le apetece es crujir al PP en los sondeos a fuego lento durante más de un año.
La pátina de esta legislatura está haciendo mella en Feijóo, que teme una travesía en el desierto. Mañana, en el funeral de Estado por los 229 muertos en la dana, sabe que todos los ojos se clavarán en él, tanto o más que en Mazón. Nadie comprende por qué lo sostiene (salvo el temor a la ‘resurrección’ de Francisco Camps, que se postula).
Sánchez vuelve esta semana a lo que mejor le define, su ‘manual de resistencia’. En junio superó la crisis del caso Cerdán y rebrotó con la kufiya al cuello como ideólogo de un movimiento propalestino que saltó a la calle en toda Europa. A estas horas, es decir tras el cambio horario del domingo, Feijóo se retrasa. Gabriel Rufián -errando o dando en el clavo- sostiene que el gallego, si gobierna, no derogará la ley de amnistía. Y él tampoco lo desmiente categóricamente. ¿Se ha puesto Puigdemont en almoneda y ha recibido ofertas? Estemos atento a las reacciones. El ‘trumpismo’ implica hacer negocios a lo que antes se llamaba negociar pactos o lo que sea.
El PP ha hecho inventario. La campaña del odio y el racismo antimigratorio no hace sino engordar a Vox. Ayuso no es rival, mientras dure el caso de su pareja, pero le da golpes bajos a Feijóo con el aborto o Palestina. Y Juanma Moreno y Mazón lo están hundiendo.
¿Qué haría Trump en su caso? Empapelar a Sánchez por las buenas o por las malas. Y eso es lo que Feijóo acaba de anunciar a bombo y plantillo, en un torpe renuncio de los suyos. En vísperas de que Sánchez acuda el jueves al Senado citado por la comisión del ‘caso Koldo’, el líder del PP no se ha cortado un pelo -ahora luce peinado con moña- y, como si estuviera montado en el Air Force One, amenazó a Sánchez: “Si miente, irá al juzgado, si dice la verdad, también”.
Copiar a Trump en su desquiciado acoso judicial contra los enemigos políticos ha sido caer en su propia trampa. Importar recetas del ‘trumpismo’, como la de la venganza judicial, hiede. Convertir el Senado, una cámara territorial, en una cámara de torturas, nos describe a un Feijóo, en su Camelot, anonadado.
