el chasnero

La jubilación

Quienes hemos realizado el tránsito, desde la actividad profesional plena hasta la jubilación casi absoluta, sabemos que esta etapa puede ser compleja, y, generalmente, traicionera; especialmente para aquellos que -durante nuestro ancho recorrido laboral- hemos establecido una agitada convivencia, casi ineludible, con el estrés.

Entre cámaras, barcos, micrófonos, noticias, textos, videos, aviones y almendras saladas y garrapiñadas, entre otros muchos compañeros de viaje, yo viví durante más de cuarenta años, y sin saberlo ni sentirlo, algo así como mancebo de la tensión, concubino de la ansiedad y cónyuge de la fatiga. Quiero decir, no me malinterpreten, que la angustia se convirtió en mi novia inevitable; novia compartida, dicho sea de paso, con muchos efímeros. Y como cantó Mecano (Una rosa es una rosa), yo no podía vivir sin ella pero con ella tampoco. O sea, viví en un permanente follón.

Recuerdo ahora aquellos domingos de fútbol, a la vuelta de las emociones del Heliodoro, cuando debía construir -junto a un excelente grupo de compañeros en TVE-Canarias y a la velocidad del viento- las crónicas del Club Deportivo Tenerife. El partido terminaba a las 19.00 horas, y el resumen, el texto, la imagen y la voz debían estar dispuestos a las 20. A esa hora, teníamos la conexión vía satélite con Torrespaña y, a las 20.30, comenzaba la emisión de Estudio Estadio. No digamos si -como solía- el Real Madrid se afanaba en perder la Liga en Santa Cruz, en cuyo caso yo tenía que hacer las entrevistas a pie de campo y preguntarle al afabilísimo Buyo, que había perdido el título un segundo antes, “¿Qué sientes en este momento?”, a lo que el presunto portero me contestaba, como buen gallego, con una pregunta escasamente romántica: “¿Cómo crees que me puedo sentir, jilipollas?”. Con todas esas urgencias y furores similares lidiaba yo, diariamente, en el desarrollo de mi tarea.

De tal forma y manera que -10 años antes de que me tocara, con 56 de edad- yo ya preguntaba, exacerbado y con la lengua fuera, cuándo podría jubilarme. A lo que un asesor me contestó textualmente: “Depende de quién gobierne, de cómo gobierne y de si gobierna, y especialmente del peso de la hucha de las pensiones, aunque para que te hagas una idea más o menos europeísta, Dinamarca se plantea jubilar al personal a los 70 años”. Me ahorraré su referencia a la solución del “seppuku”, por el que se invita a los ancianos japoneses a una despedida voluntaria, colectiva y “honrosa”.

Alcanzado mi nuevo status, durante mis primeros días de jubileta me sumí en un modelo de vida absolutamente libertino. Estallé el despertador contra el piso de hormigón pulido, pegué a recorrer malpaíses, flexibilicé mis hábitos alimenticios (almorzaba entre las 19 y las 20.00 horas), y, abonado a Netflix, me chupaba -en horas de madrugada- centenares de capítulos de la bronca de Pablo Escolar con la DEA. Dejé de ver el sol y el desorden se convirtió en mi orden.

De repente, y sin venir a cuento, narcoPablo la palmó y se acabó la serie, de la misma forma que se agotaron los malpaíses y la vitamina B. Entonces, absolutamente exiliado mentalmente, extrañé el estrés, y las máquinas de escribir, y las cámaras, y no tanto los aviones, me sumí en la más absoluta melancolía y, sin preverlo, entré en depresión severa.

Superado mi precipicio, hoy mis caminatas matutinas con mi compañerita de mi alma, la lectura de los capítulos del “Capitán Alatriste” (Pérez-Reverte), el nuevo Club Deportivo Tenerife de mi amigo Raycorazón y mis colaboraciones en Terrero y Gloria (El Plan SL, RTVC) y DIARIO DE AVISOS me dan la vida.

Puesto que jubilación no es necesariamente júbilo, cuidadito, recibo ahora clases online de dominó.