de remplón

La radial y sus consecuencias

Cada vez que hablo de la radial casi nadie me toma en serio. Les parece algo gracioso. Es como si nadie se diera cuenta de las posibilidades infinitas que posee este disco de diferentes durezas, porque su dimensión existencial no acaba en la utilización que le damos como herramienta. Genera un escándalo que no te deja pensar, un ruido estridente que todos escuchamos en nuestras ciudades y pueblos, perceptible por todo ser viviente, menos por el equipo de seguridad que custodia el Museo del Louvre. Tampoco oyó nada el guardián de la Maison des Lumières, donde los amigos de lo ajeno se llevaron estos días algunas piezas del tesoro numismático del museo de Denis Diderot, situado en Langres, en el Hotel du Breuil de Saint-Germain.

Nada tiene que ver la radial con el martillo eléctrico, compañero de fatigas, ni con los puntales que ayudan al fraguado de la obra en construcción. Una radial corta un muro en menos de nada. Es capaz de morder una pared, un tabique ciego, y abrir una ventana a la espera de los tapajuntas. Es ideal para hacerse notar en medio del silencio de un paisaje bucólico con ovejas, vacas lecheras, y un perro sato que nadie sabe de quién es. Hay que saber usarla. Lo normal es que esté en manos de gente honrada, que se levanta con los claros del día para buscarse la vida, y llevar el sustento a su familia, sea numerosa o no. Es de uso común entre albañiles y peones, también entre ciudadanos que aprovechan el finde para hacer obras en casa.

Hay diversos modelos y lo normal es verla en la ferretería, no creo que haya un mercado negro de radiales. También puede ser usada, como hemos visto estos días, por gente de una frialdad alarmante, por elementos capaces de perpetrar el robo del siglo. Y, ahora, vienen las consecuencias. Porque dentro de muy poco veremos un doble cordón de seguridad en las inmediaciones del Museo del Prado o del Thyssen-Bornemisza, por si se cuela alguien armado con una radial. La consecuencia más lógica es que ya no volvamos a escuchar el espantoso ruido de la radial de la misma manera. Cada vez que pongamos oído pensaremos en el Louvre, en la masa de visitantes que pasa de largo ante la Victoria de Samotracia, como quien se pasea por delante de la nevera de ultracongelados del supermercado