por qué no me callo

Pongamos los relojes en hora

después de cada catástrofe nos sobresaltan las imágenes apocalípticas de la destrucción, de lo que ya no está en pie pero dio forma a lo que existía antes del desastre. Cada lugar, cada edificio -ya no digamos cada persona- tienen un significado insustituible.

En la isla de La Palma, durante la erupción, nos impresionaban las coladas de lava, el fuego que en su avance iba devorando de modo implacable las viviendas, las calles, las esquinas simbólicas de Los Llanos donde se reunían los amigos, el barrio de Todoque, aquel campanario de la iglesia, cada estrago que fue desfigurando las zonas devastadas.

Ahora, en Gaza, parte el alma ver las fotos en blanco y negro de La Franja arrasada. La gran chatarrería. Son montañas de cosas deformes. Las casas no son casas, sino bloques megalíticos amontonados de mala manera, restos de paredes y techos a punto de venirse abajo. A veces, se ven grupos aislados de adultos o niños buscando entre los escombros cualquier pertenencia o cadáver.

Parecen imaginar cómo eran los sitios antes de que cayeran las bombas, caminan sobre restos que fueron habitaciones, cuartos, cocinas o baños. Antes del último bloqueo con los nuevos bombardeos furtivos del fin de semana, entraron tímidamente los primeros camiones con comida, y una vez recobradas las fuerzas volvieron a caminar sobre los cascotes, como zombis tras el fin del mundo que es toda guerra.

Sobre esas ruinas, lo que queda en pie es el miedo a nuevos ataques sorpresa, que no han tardado en producirse, porque la tregua no es del agrado de Israel. Fue una paz forzada. Y han seguido matando con coartadas a un centenar de personas en tiempo extra. El viernes, una familia entera atravesó sin querer una línea invisible, que Israel interpreta como la famosa raya amarilla que delimita su repliegue en el mapa de la paz de Trump, y los mataron a todos, siete niños entre ellos. ¿Qué interés podían tener en inmolarse?

Es terrible ser testigos de esta historia de terror en medio de un mundo que crece y se diversifica bajo nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial. Es la cruda realidad de una especie humana supremacista instalada en Estados Unidos y otros oasis del primer mundo que se cree con derecho a decidir sobre la vida de otra subespecie convertida en cobaya.

Pero, entre un reino y el otro, no hay sino una ley. La ley del más fuerte, que asesta a la luz del día los crímenes más horrendos. En Gaza, las matanzas de este bienio negro se han perpetrado sin que la ONU tuviera mecanismos coercitivos. Y fue esa prueba de impotencia la que lanzó a la calle a la sociedad civil contra el genocidio y la desidia, por la paz ante la pasividad.

Esa contestación global es una llama que acaba de prender. Podrá discutirse si es el despertar de la generación Z o una movilización intergeneracional. El paso de los días, ahora que vuelve al primer plano la guerra de Ucrania y se anuncia otra cumbre Trump-Putin como la de Alaska en Budapest -a cuál más fraudulenta-, y 2025 da los últimos coletazos, nos informará de si las cosas vuelven al cauce del caos distópico -cuya mecha era el odio al migrante-, o la ola de las kufiyas llegó para quedarse.

A 2026 le tocará recibir esa herencia. Tengo la sospecha de que Gaza no termina en Gaza. La memoria trae recuerdos del Vietnam de los años 60. En el 67, unos 200.000 manifestantes delante del Pentágono exigieron la paz. Y la fiebre contestataria, dentro y fuera de EE.UU., duró veinte años.

Este fin de semana, frente al Capitolio de Washington, decenas de miles de personas se movilizaron en la mayor vindicación pacifista de este período ultra, donde hace cuatro años los fieros seguidores de Trump asaltaban la sede de la soberanía en un arrebato golpista que abochorna a la sacrosanta democracia occidental. Centenares de miles, millones de personas -una señora multitud- acaban de condenar en Estados Unidos, en la calle, la deriva autoritaria del presidente convicto elegido en las urnas. Con su ‘autoguerra’, Trump genera las condiciones fratricidas para una autocracia.

Las protestas ‘No Kings’ (no reyes) de América y las de Gaza en Europa se funden en una ola general contra las dictaduras que emergen. Son mareas humanas que no persiguen al otro, sino a quienes nos enfrentan. Puede que queden en nada o que lo cambien todo. Es la Historia. Pongamos los relojes en hora.