A las bajas más recientes en nuestro ámbito cultural se ha sumado, pasando casi desapercibido, Rafael González Antón, que en tiempos fue uno de los mástiles de disciplinas como la historia y la arqueología en Canarias. Pero los nuevos registros de la actualidad van dejando a mucha gente en el olvido.
Antón, fallecido a los 80 años, llegó a tener un indudable peso intelectual en la restitución del guanche, que había sido un personaje proscrito. Antes de las resonancias magnéticas practicadas a las momias y las esculturas forenses de Juan Villa, el aborigen estuvo cancelado. Cosas de la dictadura.
Ahora, el guanche se ha oficializado. Ya disfruta de un estatus social que le costó siglos conseguir. Hacía 500 años de la conquista y colonización y todavía a mediados de los setenta era un tema tabú.
González Antón sentía por el guanche una afinidad sentimental que lo llevaba a predicar junto a Antonio Tejera sobre sus ritos politeístas y sus misterios cronológicos existenciales que duran hasta hoy día. Así los recuerdo, a dúo, de mi época en la Caja de Ahorros, cuando mi hermano Martín y yo militábamos en la Obra Social y Cultural que comandaba Pascual Arroyo en los bajos del edificio de la Plaza Santo Domingo -el del simbólico reloj de torre-, con cuyos ciclos desplegados por todo el Archipiélago nos metíamos donde nadie nos llamaba, como una avanzadilla autonómica de un ente que estaba por llegar. Era la época de Juan Cas, Juan Ravina, Quintín Padrón…
Martín y Zenaido Hernández fueron dos adolescentes precoces que desempolvaban al guanche y toda aquella guerra de los cien años frente a los castellanos, como concursantes de Canarias paso a paso. TVEC arribó a las Islas en los sesenta y con ese programa pionero marcaba un gol al franquismo en propia puerta, pues el guanche estaba vetado, era un personaje maldito y Los Sabandeños no habían estrenado aún la cantata del Mencey Loco, que lo indultó.
Cuando se celebró en Tenerife el congreso mundial de las momias (Cronos, años noventa), de la mano de Antón y Conrado Rodríguez Maffiotte, en la actualidad director del MUNA, lo recuerdo como un momento estelar que dio pie a la creación del Instituto Canario de Bioantropología. Hicimos un especial Guanche en El País Semanal y no se hablaba de otra cosa que de las momias, como si hubieran salido de las cuevas a contar quiénes eran. Se supo que había xaxos residentes en el exterior, momias emigradas a la fuerza como las familias que poblaron América por un tributo en sangre del rey.
Sirva de recordatorio al ministro Urtasun de que seguimos esperando el retorno de Jacinto, la momia de Erques almacenada en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid.
Enseguida abordo la espoleta de la piedra zanata, que me trae a la memoria la otra polémica legendaria, las Pirámides de Güímar, y el encuentro que tuve con el mítico Thor Heyerdahl, en el que me defendió su teoría de las estructuras astronómicas, sin ceder un ápice a la tesis de los majanos.
A González Antón, la vida le puso aquella piedra en el camino. El hallazgo de un particular en la Montaña de las Flores, en El Tanque, llegó a sus manos cuando dirigía el Museo Arqueológico de Tenerife. Tenía el tamaño de un palmo -quedó expuesta en una vitrina del Museo- con forma de pez y una inscripción. En la presentación, González Antón deslizó una frase ponderativa: “Ya tenemos el carnet de identidad de los guanches”. La piedra posaba en una urna en la rueda de prensa del Cabildo. Corrían los efervescentes años noventa de un nacionalismo en alza que libraba un pulso por ver quién era más guanchista. La conclusión golosa era que la piedra con las supuestas consonantes líbico-bereberes de la tribu africana zanata (z n t) constituía el eslabón perdido. El aval del arabista Rafael Muñoz, catedrático de La Laguna, fue determinante.
Se discutía fogosamente de dónde provenían los primeros pobladores. La hipótesis de Antón y Muñoz era que quedaba demostrado su origen bereber (extremo luego establecido mediante estudios genéticos). En otras fuentes expertas se tachó de falsificación. La carajera política y lingüística tuvo un incidente trágico. La muerte del arabista Muñoz, autor de La Piedra Zanata y el mundo mágico de los guanches, un libro sobre la manzana de la discordia, que los partidarios defendían como nuestra Piedra de Roseta, coincidió con la tensa disputa. Antón, venerado por unos, combatido por otros, nunca pudo aliviarse del mal trago académico y la pérdida del amigo. Y quizá se llevó consigo algún secreto.
Fue ese silencio en el que ingresó voluntariamente, tras una carrera de innegables méritos, el que le confirió, al final de su vida, una estela de extenuada soledad.
