Para algunas personas resulta curioso que la noticia de la llegada de la vacuna antivarióloga a la Villa y Puerto de Garachico tuviera lugar el Día de los Santos Inocentes; pero ocurrió tal día de 1803, según puede leerse en unos viejos apuntes que se conservan y en los que se cita al obispo don Manuel Verdugo como gran protagonista. Se leyó entonces en los púlpitos de las iglesias un edicto del obispo, quien repetía una y otra vez la importancia de tal adelanto, al que llamó “antivirulento prodigioso”. El descubrimiento, debido a la gran categoría del Dr. Edward Jenner, fue recibido primeramente con oposición, pero todo se transformó luego en entusiasmo, gracias al apoyo que la Iglesia prestó al nuevo invento. Fue muy eficaz la labor llevada a cabo por el obispo, los párrocos y los frailes, quienes hablaron en sus púlpitos de la enorme importancia del descubrimiento que nos llegaba. Ofrecemos algunas de las palabras que se pronunciaron entonces: “La vacuna es una especie de pus que se halla en las pústulas de las ubres de las vacas, con cuya materia se inocula a las gentes y se inmunizan del contagio de las viruelas malignas. Este descubrimiento se debe al doctor Jenner, famoso médico de Inglaterra, quien, en repetidas experiencias, acreditó la excelencia de su invento”. En poco tiempo se propagó la vacuna por toda Europa. El rey de España, no conforme con ello, la extendió a lo largo y ancho de sus amplios dominios y envió a tierras americanas una expedición con facultativos y niños vacunados para que el beneficio del nuevo invento se convirtiera en importantísimo avance en asuntos relacionados con la Medicina.
