decalcomanÍa 298

A propósito de Viridiana

“Ilusa beata aferrada a los buenos principios sin apercibirse de lo que la rodea: una desagradable orgía salivante con pollo entre los dientes”
Ilustración: María Luisa Hodgson

Luis Buñuel se la coló a Franco. Bueno, a la cuadrilla censora incapaz de leer entre líneas. En 1960 regreso a España del exilio y empezó el rodaje de Viridiana. El Régimen le dio los permisos necesarios cautivado por la historia de una novicia que va a visitar a su atormentado tío viudo. El vanguardista cineasta, empecinadamente crítico con la religión y la burguesía, fue más listo que la autoridad moral, ese mando, muchas veces de mirada gacha y cresta de corral, que regula el comportamiento en relación con el bien y el mal. Se la coló, como la cuelan salva patrias supervivientes de reivindicativos viajes en Peugeot con gasolina de vulgar vanagloria. Otro andar es el caminar lento y realista a través de los pueblos de la Alcarria de Cela. Mejor esta cantimplora castellana en salsa de cereales y olivos que aquella cruzada de la rosa obrera que hoy se atrinchera en un segundo manual de resistencia. Arrogantes y necios escaños progresistas coloreados, entre alfileres, de rojo, amarillo y morado.

Viridiana se estrenó con gran éxito en mayo de 1961 en el Festival de Cannes ganando la Palma de Oro, la única que hasta la fecha ha recibido el cine español. Poco después el Vaticano tildó de blasfema a la película y el dictador, al otro lado de los Pirineos, prohibió su distribución en la Piel de Toro, ordenando que se quemaran todas las copias. Dicen que solo se salvó una, a bordo de una camioneta, tras cruzar la frontera envuelta en capotes de torero. La chicuelina todavía se recuerda en los anaqueles de la tauromaquia.

La cinta proscrita se estrenó en España, gracias a Dios, en abril de 1977. Muerto el perro se acabó la rabia y la libertad campó jubilosa bajo el amparo de la Transición, hoy ninguneada por el resabio de malas sangres con patente de corso. Españolitas y españolitos abrieron los ojos a El gran dictador (Charle Chaplin, 1940), Por quien doblan las campanas (Sam Wood, 1943), El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972)… y, por supuesto, a las miserias humanas presentes en la velada de almas harapientas inmortalizada por la entrepierna más irreverente de la historia del séptimo arte. La recreación grotesca de La Última Cena de Leonardo da Vinci que plasmó Buñuel puso sobre la mesa un ejemplo más de la mundanidad y el mal gusto pese a las ideas de bondad que transmite Viridiana, ilusa beata aferrada a los buenos principios sin apercibirse de lo que la rodea: una desagradable orgía salivante con pollo entre los dientes y ofensas de baja estofa (“a mí no me tocas tú que me pegas la sarna, so cochina”). La caritativa mujer ofrece comida y techo aunque luego se la den con queso.

Las tragantonas de vino y natilla en las narices son como los festines de Ábalos y Koldo, ahora en prisión, al igual que Cerdán. Pero peor. Al traje con corbata se le presupone. A sus señorías se les exige. Intolerable escenario ajeno al celuloide que amamantó un Gobierno ahora atrincherado en la agonía, tembloroso ante el tire de la manta de cerdos y soplones. O cívicos, según se mire. Colaborar con la maleada justicia es un plato que se sirve frío. Malditas orgías hinchadas, perversas risotadas que esconden despelotes prosopopéyicos y voracidades gulosas con piel de cordero.

Lastimeras Cortes Generales, gallinero furioso que supera en su pobreza a la ficción que espantó a franquistas y meapilas. La aristocracia del servicio público mea más alto que las calientes meadas de la perdonable indigencia que se desternilla desdentada, inocente en su desdicha maloliente y maleducada.