superconfidencial

Alfonso

Las letras canarias homenajean en estos días a Alfonso García-Ramos. Y me parece bien, porque el autor de Guad fue un escritor de literatura mágica, a quien Gregorio Salvador, el académico y catedrático, comparó una vez con García Márquez. Hay una anécdota que no se ha contado. Alfonso era muy torpe caminando, estaba gordo casi siempre, pero también era muy aficionado a las gamberradas nocturnas con los amigos. Y cometiendo una de ellas, no sé cuál, fue trincado in fraganti por Daniel el Bembudo, un famoso guardia municipal lagunero, sagaz en sus investigaciones sobre los jóvenes que salían de noche por la ciudad, en tropel, a llevar a cabo inocentes actuaciones estudiantiles. Convenientemente retenido, Daniel le pidió a Alfonso su nombre para tomar nota del desvarío y Alfonso se lo dio: “Yo me llamo Alfonso García-Ramos y Fernández del Castillo”. A lo que el guardia le respondió, sin titubear un segundo: “¿Y cómo se pueden tener tantos apellidos con esa cara de mago?”. Los personajes laguneros van cayendo como moscas, pero sería bueno recordar a Rubén el Mono, quien, declarando como testigo en un juicio por otra gamberrada, su señoría le preguntó: “Diga ser cierto que los aquí acusados rompieron con saña el mobiliario urbano en la noche citada”. A lo que Rubén el Mono, que había presenciado el suceso a distancia, dijo: “Señoría, sólo puedo decirle que yo vi un murmullo”. Era la primera vez que alguien en este mundo -al menos en el mundo occidental- veía un murmullo, con lo que al juez le dio un ataque de risa y advirtió a los acusados: “Váyanse de aquí antes de que me arrepienta”. Y todo quedó en una reprimenda y en el anuncio judicial de acciones más severas si ocurría la cosa otra vez. Son anécdotas laguneras, que deberían permanecer para siempre en el recuerdo.