Dice Javier Cercas en su libro Anatomía de un instante, que viendo en la televisión una repetición del golpe del 23 F, y a Adolfo Suárez, solo y quieto en su escaño, junto a las figuras espectrales de Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, se le ocurrió escribir una novela. Habla de la indiferencia del pueblo, que espera pacientemente en sus casas, delante del televisor, a que la cosa acabe de una forma o de otra. No sé si este comportamiento obedece más a confianza que a desentenderse de la grave situación por la que atraviesa el país. No lo sé, francamente no lo sé. Puedo recordar lo que hice esa tarde. Esperé a que alguien me convocara, pero nadie lo hizo. Cercas dice que fue a la Universidad, pero lo hizo más con la esperanza de ver a una chica de la que estaba enamorado. Todas estas cosas revolotean por mi memoria sin que sea capaz de ordenarlas adecuadamente, pero ahora, leyendo a Cercas y reflexionando en torno a las tres figuras heroicas que mantuvieron el tipo, me interesa más imaginar qué fue lo que pasó con los que se tiraron al suelo, los 347 restantes miembros de la cámara que andaban a rastras buscando algo que se les había caído del bolsillo. En realidad, Suárez, Carrillo y Gutiérrez están muertos, y los demás pueden ser algunos de los responsables de los que tenemos ahora y reconocen que la Transición fue un fraude y que la democracia flaquea porque nadie se puso, en ningún momento, al cargo de ella. Lo interesante es saber lo que pasaba por las cabezas de aquellos que temblaban pensando que una bala perdida les iba a caer desde el techo del hemiciclo. Un amigo diputado que estaba allí me vino a ver a los pocos días y me contó que cuando se tiró al suelo, cayó junto a él una señoría a la que se le abrió el bolso y se le escurrió un pintalabios. Lo sintió incrustado en sus nalgas como algo frío y caliente a la vez. Se palpó y vio sus dedos manchados con el rojo del carmín. Pensó que se estaba desangrando y su desesperación fue aumentando a medida que pasaban las horas y no acababa aquel secuestro. Se ha gastado mucha tinta sobre las interpretaciones de lo que ocurrió en aquella tarde interminable, pero nadie se atrevió a adivinar qué era lo que estaba ocurriendo en las cloacas, en aquel grupo de señorías aterradas encomendándose a no se sabe qué. De ahí proviene lo que va a ser el futuro de nuestra democracia. Algunos dicen que aquella noche se consolidó, cuando el rey salió a tranquilizarnos a todos; pero el recuerdo de un mal sueño y de una mala conciencia nos invadió, como una premonición de lo que iba a suceder más tarde. Allí no se inauguró un interés creciente para consolidar la democracia, sino las bases para comprobar su endeblez y que unos cuantos años después estaría todo en revisión, como siempre. Lo que hoy tenemos, fruto de ese desinterés que denuncia Cercas en su libro, es consecuencia de aquello. No le demos más vuelta, las cosas son así. No hubo fraude, el fraude somos nosotros mismos. ¿Verdad, Cercas?
