tribuna

Demodé

La IA me ha chivado que este otoño los colores de moda serán el “marrón chocolate y el rojo tomate”. También, añade, “el animal print (especialmente el de serpiente) y los abrigos de peluche”. No sé muy bien a qué se refiere la IA con eso de “abrigos de peluche”, pero la moda tiene sus rarezas y la IA sus errores y sus sesgos, tantos que, tal vez, mañana el criterio sea otro y otra la respuesta, así de algorítmica es esta señora virtual. En lo que sí coincido con ella es en que las modas, igual que las inquietudes políticas (si me permiten el símil), van y vienen y se adaptan a cada temporada, de forma que, lo que la temporada anterior era tendencia, imagen de todos los escaparates y tema viral de los influencers, acaba por caer en el baúl de los recuerdos, porque madre mía vaya pintas aquellas, y es que la moda, cuando deja de ser novedad, no solo se olvida, sino que se convierte en algo obsoleto, viejuno, rancio, demodé. Así que invierto un tiempito en pensar en noviembre y en otoño y en todo lo que está en boga, en las castañas y en los finados y en las festividades más estilosas del mes. Y escondido de los focos, en medio del día del soltero, del de la diabetes y del Black Friday, entre otras celebraciones, aparece en la lista, de forma tímida y vergonzosa, el 25. El 25 N.

El día no está en rojo, no, aunque podría estarlo, aunque debiera destacar como fecha a conmemorar en este mes repleto de efemérides. No está en rojo, porque en estos tiempos de inmediatez en los que el otro piensa por mí, la moda es otra cosa, otros son los temas que ocupan los posts de instagram y las historias.

Ya está bien de esta violencia solo tuya, mujer, ya está bien, lo dicen los tiktokers y los discursos de la calle. Los jóvenes saben. No es para menos. Uno de cada cinco chicos lo sabe. 26 años contando cada 25, un nombre y luego otro y así hasta más de mil. Como para no cansarse. Como para no pensar en cuestionarlo todo, también tu daño, tu dolor y hasta tu muerte, porque, tal vez, a lo mejor, quizás, pudiste o no quisiste o te dejaste. Ay mujer. Eso dicen en las redes. Eso afirman en la calle quienes niegan tu herida y tu vacío. Esa gente sí que sabe. Una de cada ocho chicas lo sabe. Lo dicen las encuestas[1], que la violencia de género es un invento ideológico, una falacia, una mentira histérica, un cuento chino. Los jóvenes saben, ellos, y también ellas. Dominan la historia y todos sus puntos de vista. Consultan la IA y ella responde solícita. Ellos saben y conocen lo que se estila, lo que se lleva ahora que soy libre para decir lo que quiero y lo que pienso, y lo que pienso es que este noviembre el Black Friday cae el 28, así que a otra cosa mariposa y para ti las culpas, los ataques y todas las violencias.

Entonces era el año 1999 y también noviembre y 25. Y era importante, porque verbalizamos lo que antes no tenía nombre. Palabra por palabra aprendimos su poder, humanizando una realidad que era pequeña, la pintamos de verdad y se hizo grande, inmensa como todas las mujeres, como una humanidad entera buscando algo de justicia. El grito se volvió viral aun sin internet que difundiera su eco. Se hizo viral porque retumbó en cada uno de nosotros: en los colegios, a pesar de no aprenderse; en las familias, a pesar de los miedos antiguos; en los partidos, a pesar de los políticos. Porque las palabras siempre permanecen, más allá de las modas y de todas las tendencias. Por eso han llegado hasta hoy. Sin embargo y, aunque las palabras son imborrables, algunos se han propuesto vaciarlas, contaminarlas de negación y de peligro, bajarlas de la cresta de la ola para hundirlas en el mar.

Decía Elías Canetti que poseer palabras nos hace diferentes, pero para ello debemos cuidarlas, tratarlas con respeto, llenarlas de verdad y de toda la historia en que crecieron, acariciarlas de otoño y de cualquier otra estación, como si fueran un básico, una prenda que combina con todo porque es atemporal y necesaria. Las palabras son presente, pero también pasado, y en ese tiempo nacen, crecen y se construyen. Paso a paso ocupan el espacio que un día no tuvieron y ahí deben permanecer, ellas y su eco, más allá de redes y de voces nuevas menos sabias. Porque no hay final, nada se ha alcanzado, porque “hay que actuar como si fuera posible transformar radicalmente el mundo. Y tienes que hacerlo todo el tiempo”. Eso dice Angela Davis y también la IA, que siempre es tendencia y todo me lo chiva.

[1] Datos extraídos del Informe “Juventud en España 2024”, elaborado por el Ministerio de Juventud e Infancia.