por qué no me callo

El jardín de las malicias

Ha sido un mal año, un año malo. Un año contrahecho que no encontró su sastre y su peluquero. La foto es de un desaliño que repele. 2025 no merece una esquela. Basta con el genocidio de Gaza para declararlo non grato.


A este año no lo salva ni la paz exprés de Ucrania que Trump intenta asestar contra reloj a la víctima (el “desagradecido” Zelenski), en un chantaje miserable a un pueblo heroico, para mayor gloria del verdugo, el invasor ruso, que se saldría con la suya, con otro pedazo de la tarta y suma y sigue. (“Iba a ser cuestión de un día, pero han acabado siendo cuatro años”, se burla campechanamente el sátrapa de Washington del sátrapa de Moscú).


Lo cual a Europa le quita la venda de los ojos. En 2025, el Viejo Mundo fue humillado por el Nuevo Mundo, no por la doctrina de López Obrador, que exigía perdón por las conquistas de España, no por la doctrina Monroe, que se blindaba de la Europa expoliadora de las colonias de América, sino por las prisas de un dictador en la Casa Blanca para hacer negocios con las tierras raras de Ucrania y con los magnates de la cleptocracia de Putin. Vienen mal dadas para los europeos, con el tsunami de ultraderecha yanqui inundando la Europa posimperial, caída en desgracia. 2025 ha sido el cenit de todo ello.


En una impostura contra el narcotráfico, al cabo de un año triturador de derechos humanos capaz de enterrar las más inveteradas democracias, el portaaviones Gerald Ford de los EE.UU., el mayor del mundo, encabeza ahora mismo una ficción de guerra psicológica contra el régimen de Maduro, cara a cara, frente a sus costas.


Nadie acierta a descifrar si es un farol de Trump o el principio de una invasión en toda regla, como Panamá o Granada, una guerra, una gesta contra la corrupción, la droga y el abuso de poder, todo eso. Pero no casan objetivos tan nobles con el maleante que los lidera. Y vista su yenka (“izquierda, derecha, adelante, detrás, un dos tres”) con Putin en Ucrania, lo de Venezuela puede ser una parodia más del año más disparatado de la historia reciente.


A este año no hay por dónde cogerlo. El genocidio de Gaza lo dice todo. Los niños masacrados o muertos de hambre por Netanyahu denigran este año a la categoría infame de los actos infaustos del Holocausto, Hiroshima o el muro de Berlín, en lo peor de los anales. No podemos olvidar que el pacifista Trump propuso este año construir una Riviera sobre cadáveres y escombros en la Franja bombardeada.


Hubo años con claroscuros, como en las pinturas del Quattrocento, donde las sombras y los tonos claros daban sensación de relieve. Este, en cambio, ha sido un año de encefalograma plano, oscuro de solemnidad, sin gradaciones, una noche perpetua, lienzo negro.


Nadie en su sano juicio le va a hacer una hagiografía a este muerto 2025. Sigamos con el cadáver.


El resultado ha sido devastador para todo consenso global sobre el cambio climático o las armas nucleares. Una pesadilla. Como 2020, pero con pandemia de Trump. El coronatrumpismo se propagó por todo Occidente en un solo año. ¿Sobreviviremos a Trump como al coronavirus? ¿Con qué vacunas? En eso estamos, confiando en aquellas manifestaciones de la kufiya o en este triunfo de Mamdani en Nueva York. Y poco más. Continuemos la autopsia.


Nos miró un tuerto con ojeriza a los derechos humanos, a la igualdad de género, a las minorías, a los inmigrantes, a la ciencia, a las universidades públicas, a las carencias y enfermedades del Tercer Mundo… a la solidaridad. Baste citar el cierre de USAID, la agencia humanitaria de EE.UU., para verle el percal, la sangre goteante en la hoja del sable.


En la distopía de 2025, el sujeto -el Gran Hermano- se asomaba desde el Despacho Oval, enchufaba la cámara y abroncaba a todo el mundo, cuando no era a Zelenski, era a un periodista que recordaba al príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán el atroz asesinato por orden suya del periodista Jamal Kashoggi en un consulado de Estambul… O éramos todos los europeos, tullidos de frío, porque nos dejaba en pelotas, sin sus misiles frente a Putin.


En los últimos coletazos (queda diciembre para las sobras), a España le ha tocado vivir dos hechos a la vez, el 50 aniversario de la muerte de Franco y la sinsentencia in voce contra el fiscal general del Estado en una suerte de Juicio Final, donde el Bien y el Mal libraban un duelo en los infiernos, y paga justo por pecador. Este año, que parece inspirado en los demonios de El Bosco en El jardín de las delicias, da por resultado una versión grotesca y vil que bien podría titularse, para ser sinceros, El jardín de las malicias.