Carmelo Rivero recogerá el justo premio Patricio Estévanez, que otorga la Asociación de Periodistas de Santa Cruz de Tenerife. Otros premiados no se lo merecían, en su día, sino que aquellos fueron premios de conveniencia. Pero Carmelo, sí, por su trayectoria en esta profesión y por los ácaros que ha tragado de sus tongas de periódicos almacenados en sus pequeños despachos sin aire. Cuando lo llamé para felicitarlo me dijo que ya no, que ya no colecciona periódicos viejos, que los tiró todos al contenedor. Carmelo, como aquel becario septuagenario (él no lo es aún) interpretado por Robert de Niro, con Anne Hathaway como partenaire, practica una especie de gimnasia relajante, tres o cuatro veces por semana, en el parque municipal. Me asegura que la gimnasia hecha despacio le reporta equilibrio; y le creo. Tenemos un almuerzo pendiente, para hablar de todo y de nada, pero yo me alegro de que le hayan concedido el Patricio, aunque le llegue tarde. Es la ventaja de la gente que no cosecha enemigos, que la premian, a veces -como en este caso- con justicia. A mí no me reconocen porque he tenido la habilidad, durante mis muchísimos años de profesión cotizable, de rodearme de gente armada hasta los dientes, que quiere cazarme a toda costa. Una vez me concedieron el premio Libertad de Expresión los compañeros gráficos, a propósito de mi vehemente defensa de unas prostitutas, violadas a punta de fusil en un cuartel de Tenerife. Pero, aunque me lo merecía, porque me jugué el tipo y un consejo de guerra o algo así, fue una recompensa que se inventó Gustavo Armas, que presidía a los fotógrafos, al ver mi acojonamiento por las consecuencias de aquella valentía. En fin, Jean Cocteau decía que “España es una guitarra que recibe telegramas”. Es verdad, todos los países mantienen sus rarezas, pero este, joder este.
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