Sobran los fastos de la monarquía y de la desaparición del franquismo. Todo el mundo sabía que el franquismo tenía su fecha de caducidad cuando el dictador murió. Y la monarquía, instauración de una nueva o restauración de la vieja, que eso en su día supuso un debate, era el régimen más lógico para España, que no ha tenido ninguna suerte ni con sus repúblicas, ni con sus reyes, hablando en general. Porque el mal no radica en los regímenes políticos, sino en el carácter arisco, guerracivilista y esperpéntico de los españoles. ¿Y qué estamos celebrando ahora? No se debería festejar la muerte de nadie y tampoco parecen estar los tiempos para organizar otras kermeses, así que los fastos anunciados y cumplidos son totalmente extemporáneos y hubiera sido mejor esperar a otra ocasión. Sobre todo si el rey de verdad, el que logró la bendita Transición, está casi siempre fuera de España, porque su presencia incomoda a algunos, incluido su propio hijo. Lo digo con pena. Además, todo esto se celebra a espaldas de la gente, a la que le importa un pito la política, que es sólo cosa de unos cuantos, porque la política en España, la de unos y la de otros, ha caído a plomo. Es una cosa de estómagos muy tocados, de personas agotadas y de enfrentamientos totalmente estériles entre los españoles. Se va un año de riñas y lo peor es que empezará el siguiente con las mismas tendencias, aunque de las solapas de los pocos que quedan del reto transitorio cuelgue ahora el Toisón de Oro a la supervivencia biológica. El más terrible escepticismo se apodera de mí, a mi provecta edad, y, lo que es peor, sin la esperanza de que los que lleguen sean mejores. Lo bueno es que no lo veré.

