La Rosalía, que es como se dice en su tierra catalana, se ha convertido en el patrón de la adecuación a los gustos oficiales. A mí me gustó desde el primer momento porque vi una estética diferente que se salía de tanto molde estereotipado: de la propuesta localista y folclórica, del compromiso ideológico de las casas vacías, del esperpento nacional surgido de las movidas, de la progresía vacua de los seguidores de un clarinetista con cara de tonto, de los flautistas de Hamelin que invaden los paraninfos y acaban recorriendo el país con una mochila colgada de los hombros, de los culturetas y de los ideólogos que inspiran a los asesores.
La Rosalía me gustaba porque no se parecía a nada de esto. Era una niña de ojos pequeños con una cara impersonal incapaz de triunfar en las pasarelas del glamur. Tampoco andaba por los platós del corazón vendiendo romances frustrados ni denunciando. Iba a lo suyo, a presentar algo nuevo y distinto. Esto fue lo más que me interesó. Sobre todo cuando la vi versionar el Si me dan a elegir, de Los Chunguitos, arropada por un orfeón con armonías dodecafónicas; o acompañada por una guitarra medio aflamencada —no del todo— cantando “Palabras para Julia”, de Paco Ibáñez.
Ahora parece traer el misticismo teresiano —orgasmos incluidos— recordando a la santa con la boca medio abierta en la versión de Bernini. Dicen que esta expresión es la misma que la Medusa Rondanini, que tanto tiene que ver con la unión de Eros y Tanatos. Todo ello viene mezclado con la voz impostada que dialoga con un coro a lo Carl Orff, en Carmina Burana, o con las dulzuras de un fado de Dulce Pontes. Necesariamente esta novedad, extraída de la mezcla de lo mejor, tenía que triunfar sobre tanto rapero borde, tanto ripio rimado, tanto disco rayado y tanto mensaje insulso. Siempre que se producen estos descubrimientos aparecen las moscas al panal y todos se quieren apuntar al carro del triunfo.
Lo malo es que en la vorágine del oportunismo acaben ahogándola, pero la Rosalía se escabulle de aquellos que pretenden arrimar el ascua a su sardina y convertirla en un ejemplo de su ideario exquisito. Ya es tarde mi amor, como decía la Jurado. La Rosalía vuela sola y no le hace falta que la vengan a arropar encuadrándola en las filas de lo políticamente correcto. La Rosalía no pertenece a las movidas modernas, ni es de nadie en particular. Se les ha colado sin que se dieran cuenta y ahora la quieren aprovechar. Da un poco de vergüenza verlos hacer el ridículo.
La Rosalía no será el invento de una corriente promovida por un triste, ni será la comparsa de tanto juguete roto que anda pidiendo sacar la cabeza por las tertulias, como el recuerdo de algo que ya fue y pasó sin pena ni gloria. La Rosalía es de todos. Tampoco es de este tiempo, es del futuro.
