Varias productoras canadienses se dedican desde hace años a colocar en las plataformas películas de volver a casa por Navidad. A mí me gustan, a pesar de que desarrollan todas parecido argumento: el traslado navideño al primitivo hogar, generalmente granjas, desde la deshumanizada gran ciudad; desde Nueva York a Los Ángeles a pueblitos nevados del interior, porque los canadienses trabajan para los americanos: ellos son pocos y el mercado, escaso. Han conseguido hacerme llorar, porque los guionistas siempre incorporan a las pelis perros, ponis y otros animales a los que uno les tiene simpatía, los Papa Noel son creíbles y aparecen unos renos, que nunca cagan, o sea que se trata de renos muy aseados. En ocasiones se pueden ver las factorías de juguetes donde trabajan los elfos, lo cual añade un toque mágico a los argumentos que le hacen a uno el descanso nocturno más agradable. La otra noche soñé hasta que heredaba, lo cual -según los estudiosos del sueño- significa que no voy a heredar nunca. Mi padre, cuando murió, tan solo me dejó el carné de Falange y un certificado de la autoridad -militar, por supuesto- de que había luchado con su Bandera en el frente de Teruel, donde mataron a mi tío Andrés, que tenía 16 años. Nunca nos hemos peleado para que lo desentierren o lo dejen quieto, porque los muertos donde tienen que estar vivos es en el recuerdo. La Navidad nos trae siempre falsos mensajes de paz, pero al menos se intenta, y hay veces que los tópicos nos hacen entrar en razón, aunque la paz dure más bien poco. Yo disfruto colocando el caganer en el portal de Belén, el mismo que le dejé a Hacienda en mi caja de seguridad de CajaCanarias, que en paz descanse, cuando me soplaron que los del tributo querían abrirla, en la noche de los tiempos.
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