tribuna

Los toisones

El Gobierno sitúa a Óscar López como el más crítico con la condena del Fiscal General. Este será el eje de la campaña electoral. No sé si se habrá dado cuenta de que esto, más que ser una ventaja, supone un hándicap, un lastre de salida que le va a ser muy difícil remontar. En fin, son temas que leo en la prensa y me hacen reflexionar a esa hora de la mañana en que las cosas parecen estar claras sin estarlo realmente. Trae mucha cola esto del fallo del Supremo cuyos fundamentos aún no se conocen. Los jueces han hecho un quiebro en el debate que les llevó a su decisión y, mientras la opinión publicada se empeñaba en plantear el juicio como un atentado a la libertad en el ejercicio de la profesión periodística, prefirieron centrarse en lo que tenían más seguro, que era la nota de prensa, aunque ello supusiera aplicar la pena mínima. Quizá era eso lo que pretendían desde el primer momento y los testimonios fallidos de los plumíferos se convirtieron en papel mojado. Entiendo que esto haya provocado una gran decepción, sobre todo a la estrategia de la defensa y al comentario que puedan hacer los observadores imparciales, que algunos hay, gracias a Dios. De aquí que el papel del señor López como oposición se dificulta cada vez más si le añadimos el que no es miembro de la Asamblea y estará ajeno a los debates internos que puedan ir desgastando a la presidenta Ayuso. Quitando estas minucias, asuntillos que provienen de una lectura intencionada de los periódicos de la mañana, los morgenblatter del vals de Strauss que me distraen de lo que realmente sucede, hay otra realidad que se impone de forma tozuda y subrepticia. Saliéndose del guion de la escaleta nacional, el rey Felipe VI se ha colocado a sotavento y ha reconocido el papel de su padre en la Transición y le ha impuesto el Toisón de oro a los constituyentes vivos y a Felipe González. Felipe ha recordado a Suárez y entre todos le han dado un giro a la celebración de la muerte de Franco para convertirla en el aniversario de la restauración de la monarquía. Este gesto, a mi entender, significa bajar un telón sobre el debate general poniendo el foco sobre algo de más interés, aunque algunos crean que no es así. A mitad de este artículo me ha llamado un amigo desde Barcelona, preguntándome cómo van las cosas por aquí. Le he dicho que todo lo que pasa es lo que pasa en Madrid. Nada tiene interés que no repercuta en lo que se cuece en la villa y corte. Incluso en Barcelona sucede lo mismo. Por eso, cuando hojeo La Vanguardia solo se habla de Madrid, como si Barcelona no existiera. Allí leo a Enric Juliana y llego a la conclusión de que el día que deje de hablarse de Madrid ya no tendrán nada de que hablar. Se habrá acabado el pleito territorial por inanición. Dicen que el panorama es de una gran incertidumbre, pero yo creo que lo que ocurre es que no lo sabemos interpretar. La imagen es Felipe González, un carroza de mi misma edad -creo que le llevo unos meses-, le dice a la princesa de Asturias que ella es el futuro y que confía en que lo afrontará con toda la responsabilidad, y esto, a los que alimentan esperanzas republicanas, les suena a traición. Pero el hecho cierto es que a Felipe le han dado el Toisón y a los demás no.