Los Estados ciudades son un invento antiguo, fueron el sistema político de la Grecia democrática del siglo V a.C., cuando en Atenas florecían las escuelas de sabios y unas élites refinadas construían el pensamiento que luego sería la base del mundo occidental. Las ciudades siempre han constituido sociedades personalizadas y fuertemente cohesionadas para avanzar en un proyecto con un marcado carácter popular. Algunas de ellas representan caracteres más definitorios que los países a los que pertenecen. Por ejemplo, Nueva York, que me sugiere una entidad cultural progresista representada por las vanguardias más punteras del arte. Para mi es el escenario donde se desenvuelven las historias de Paul Auster o Truman Capote, y también las atrevidas propuestas de Andy Warhol. Quizá esté idealizando esta visión que otros pueden considerar más vulgar si lo emparentan, de forma mas real, con los enfrentamientos de los Jets y los Sharks, de West Side Story. Hoy me despierto con la noticia de que Zohran Mamdani ha ganado las elecciones y es el nuevo alcalde de la ciudad que encarna en el mundo a todas las influencias de la modernidad. Mamdani es socialista y musulmán, una mezcla importante para considerarlo una respuesta reivindicativa frente al trumpismo. Ha sido votado por minorías raciales que se han convertido en mayorías indiscutibles y ese carácter, añadido a su juventud, nos hace ver que su triunfo es el reflejo de un deseado progresismo que va apareado a las corrientes más rabiosas de la innovación. Pero luego recapacito y me detengo a pensar si no estoy ante un paralelismo con la caída del imperio romano, y en lugar de ser la consolidación de las élites cultas no es otra cosa que la sublevación de las minorías oprimidas, y su victoria no es más que la respuesta a una política de exagerada persecución a los emigrantes, que hoy se rebelan demostrando su poder eligiendo a uno de los suyos. El Nueva York de Brooklyn no es exactamente el de un smoke shop, ya trasnochado, de una película del chino Wayne Wang, ni el del ambiente underground de Harvey Keitel, por eso no creo que sea esa izquierda romántica la que ha llevado a Mamdani a la alcaldía, como si fuera un mandatario de la antigua Atenas con Sócrates disertando en el ágora. El asunto está más emparentado con lo social y con el hecho de una dispersión ideológica presente en estas elecciones, donde el principal opositor es otro demócrata, Cuomo, apoyado al final por Donald Trump; algo que hay que considerar altamente extraño. Hoy los demócratas se estarán felicitando por este resultado, esperado de cualquier forma, pero existe la sensación agridulce de que ha ganado Espartaco. En cierto modo ha triunfado la rebelión, con todo lo que ello significa en el mundo de desajustes que estamos viviendo. Y lo ha hecho en Nueva York, una ciudad que huye de los protagonismos llamando a sus calles con números y siendo el espejo de las vanguardias donde nos mirábamos todos.
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