En la pantalla del Leal se proyectaron imágenes de niños desde Gaza saludando a Canarias esperanzados tras dos años de guerra. No nos engañemos, no están a salvo, a pesar del reciente acuerdo de paz, al margen de las grietas del alto el fuego. Porque son niños damnificados, víctimas de un trauma.
Poco se habla de los daños cognitivos en la infancia de una guerra de ensayo como esta. La gala de los Premios Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS nos colocó delante de esos niños, les vimos las caras. Impacta pensar lo que habrán sufrido.
Han visto morir asiduamente a seres queridos, han visto sus casas caer derrumbadas por las bombas y han pasado mucha hambre durante demasiado tiempo. Están vivos de milagro, pese al bloqueo de la ayuda alimentaria por parte de Israel. Los niños que hablaban desde las ruinas de Gaza vienen de soportar un experimento de inanición en una guerra entre cuyas armas figuraba el hambre, los límites de la ingesta calórica y del umbral de subsistencia.
Durante meses se les sometió a brechas de consumo y niveles de desnutrición adrede, por mero cálculo. Y colapsaron centenares de vidas de niños que no soportaron la prueba.
En los supervivientes que vimos en la pantalla del Leal confluyen las secuelas físicas y mentales. Vivieron con las defensas bajo mínimos, el agua contaminada y la amenaza de enfermedades en un sistema sanitario devastado. Pese a todo, sus miradas eran inocentes y alegres y resignadas al daño padecido.
Sonreían tímidos o miraban tristes a la cámara. Eran niños y niñas de la guerra hablándonos en paz con la mosca detrás de la oreja. No querían oír hablar más de bombas y muertos, y uno de ellos exclamó simplemente: “Quisiera ver feliz a mi mamá”.
La secuencia de los niños de Gaza en la Gala de los Taburiente, este jueves, me recordó el año primero de la guerra de Ucrania, en 2022, en que desde Kiev intervino Zelenski para agradecer la distinción a su pueblo recién invadido por Rusia.
Ahora, los niños y niñas damnificados en conflictos armados, una veintena de focos bélicos en todo el planeta, tomaron el testigo del premio. El genocidio de Israel es el caso más flagrante, cuya paz es tan frágil que, como en las recaídas de un adicto, sigue habiendo bombardeos reincidentes con nuevas víctimas infantiles y palestinas. Subieron al escenario dos niños ucranianos refugiados en Tenerife y dos mujeres de organizaciones solidarias, y recogieron la estatuilla.
Entonces fue el turno del anhelo colectivo de los niños gazatíes, portando en la pantalla un rótulo en el que se podía leer: Canary Island We Love (Canarias te queremos). Eran los mismos niños que movilizaron las calles de Europa, ahora dirigiéndose a nosotros, los canarios, de primera mano. Supimos que desean vivir bajo un cielo sin bombas y poder ir a la escuela. Son los ángeles de una década atroz. Bromeaban o se les rayaban los ojos. Y el teatro rompió en aplausos, conmovido.
Toda la velada estuvo marcada por esa apertura de la presentadora, María José Enríquez. El periodista Santiago González, director general de Antena 3 Noticias -una de las mejores biografías de un paisano en este oficio-, deploró que las guerras maten a niños y las redes sociales estén matando la verdad. Para Javier de Paz -presidente de Movistar Plus- el infanticidio gazatí es la mácula del siglo XXI: “La infancia y la guerra son antitéticas”, dijo, y lamentó con Galdós: “¿No es triste considerar que solo la desgracia hace a los hombres hermanos?”. La pintora Maribel Nazco dirigió sus pasos al atril. Se llevó las manos al rostro por un simpático desliz, pero, con el mismo gesto, se sumó al himno doliente, humanitario de la gala.
En su décima edición, los premios parecen venir de muy lejos, de las guerras, la pandemia, los incendios, el volcán… Lucas Fernández, presidente del periódico y la Fundación DIARIO DE AVISOS, dibujó en dos trazos el espíritu de nuestro tiempo. Habló de niños “asesinados”, de guerras “absurdas y estúpidas”, de un “mundo herido”, de un halo de “luz”.
La belleza, la verdad y la bondad, esa tríada inseparable desde Platón y Aristóteles, flotaban en el Leal. Moncho Borrajo se arropó de humor canario. José Manuel Ramos cantó y vindicó la tradición oral. Félix Sabroso y los productores de Sur Film hablaban del cine como Estévanez de un almendro, la patria. Un empresario (José Fernando Cabrera) recordó que cada mañana, en el desayuno, pregunta a su esposa qué le ilusiona ese día, y se le quebró la voz al contarlo. Rafa Méndez, coreógrafo y bailarín, hizo un discurso socrático de la palabra gracias, y emocionó. Y Nia, la cantante grancanaria, declaró: “A mí nadie me quita mi acento canario”, antes de cantar como una diosa Lágrimas negras, en honor a Celia Cruz (“aunque me cueste morir,/porque no quiero llorar”), como si cantara por los niños de Gaza.
