por qué no me callo

Octubre, las huellas de ese mes

Octubre fue el título de una novela de José Luis Sampedro, su obra maestra, Octubre, octubre. En la flagrante política colectiva de este tiempo cada mes deja huella, porque todo se acelera. El adiós de Mazón era otro título de novela, la crónica anunciada de García Márquez.


Omito la palabra que va en medio porque 229 son bastantes muertes. Y no descubro nada nuevo, a Mazón le aguarda, ahora que será un don nadie, la procesión de los recuerdos. Ese hombre que dice “ya no puedo más” y que reconoce haber cometido errores que le perseguirán “toda mi vida”, necesita que le arropen y que no le traicionen los malos momentos sin poder. Esos, los posteriores a la dimisión, cuando el político pasa a ser un “apestado”.


Ayer tiró la toalla, con medias verdades y algunas mentiras, que son las herramientas del oficio. Pero quien metió la pata hasta el corvejón no fue solo él, que adornó sus culpas disparando, de paso, a la Moncloa. Me chocó la tesis de Feijóo -que admite que Mazón se va porque quiere y que él solo pensaba pedirle la renuncia como candidato-, cuando ayer denunció una “carnicería” contra el presidente valenciano. Habrá medido sus palabras, porque es vox populi que Mazón dimite tras oír a las familias de las víctimas, en el funeral de Estado, llamarlo “asesino”. El político gallego no solo no sabe perder, sino que, en su pasividad, se le ha puesto cara de Mazón y a saber cuánto de lo suyo ha dejado por el camino en un cúmulo de torpezas.


Octubre era un mes llamado a grandes detonaciones. Pero Feijóo no calculó esta que abrió ayer todos los telediarios y las portadas de los medios digitales -el día que empezaba el primer juicio de la historia contra un fiscal general del Estado-. La bomba que el PP confiaba en hacer explotar era la comparecencia de Sánchez en el Senado, el estreno de la obra más esperada, el mayor espectáculo teatral. Lo que iba a ser una encerrona por el caso Koldo en la Cámara de torturas de mayoría conservadora, la que debía llevar al presidente al juzgado por alguna grave revelación, terminó reducida al titular de las gafas de Sánchez en toda la prensa. Las cinco horas de interrogatorio en la comisaría del PP, el exSenado territorial, no dio para más.


Octubre, octubre. Este mes ya quedaba marcado por ese fiasco de la oposición y su consiguiente crisis reputacional. Y faltaban las consecuencias del primer aniversario de la Dana. Un año de desgaste autoinfligido, que se añade a todas las demás vacilaciones del principal candidato presidencial. Si los sondeos llevan meses siendo adversos al líder del PP, que, ante el temor a la crecida de Vox, rema contra corriente reprogramando sus postulados, una y otra vez, con la matraquilla de la fobia a la inmigración, nada bueno puede esperar del legado de octubre con las secuelas de Valencia. Las dudas sobre la cualificación de Feijóo no son meras conjeturas. Comienzan a ser inobjetables.


A falta de Mazón, las miradas ahora se posan sobre él, que en este contencioso ha obrado sin sentido ya no solo autonómico, sino de Estado, que debería ser su principal cometido. Acabar con el sanchismo no es un mantra infalible por sí mismo, si no se le llena de contenido y credibilidad.


De tal calibre es el pinchazo político a causa de la dana, que este lunes competía el juicio al fiscal general con la declaración ante la jueza de la periodista con la que Mazón almorzó cuatro horas en El Ventorro el día de la tragedia. Y la expectación se decantaba por la testigo del drama.


Nadie puede adivinar lo que está por suceder en 2026 en la política española. Cada incidencia dentro o fuera del país influirá en nuestro devenir. Puigdemont ha visto cómo su órdago de Perpiñán -la ruptura con el PSOE- pasó casi desapercibido, si lo comparamos con la yincana del disco de Rosalía corriendo por la Gran Vía.


Ahora, o firma la censura con PP y Vox -si este último no se raja- o vegetará en Waterloo más tiempo del previsto, porque el de las gafas, liberado de compromisos, es impredecible, viendo consumada la fuga del socio -ese rasgo definitorio del prófugo catalán-, y acaso estire la legislatura con medidas que nadie pueda votar en contra, como la de una ley de cuidados intensivos y otras igualmente incontestables. El año que viene tiene los días contados: 365.


Ya sabemos que las prisas no son buenas consejeras. Y Feijóo apremia para un adelanto electoral, pero se pasó de frenada con Mazón. De octubre no quiere ni oír hablar. El día 1 de ese mes la Junta de Andalucía admitió el caos de los cribados de cáncer de mama. No acabará con Bonilla. Pero, de nuevo, generará dudas sobre el barco y el capitán.


Y aunque se hable de las gafas de Sánchez, ni cambiándose el look, se habla de la moña de Feijóo. Aunque la moña se vista de seda, moña se queda.