Sir Winston Churchill, viendo que un parlamentario anciano intentaba seguir un discurso, a través de una trompetilla, gritó en la cámara: “¡Mirad a ese colega, que ignora las ventajas que la bondadosa Providencia le ha concedido!”. Casi todos mis amigos se han vuelto sordos de los dos oídos o de uno solo. Si es de uno solo, pasa, porque en un almuerzo, un suponer, me coloco por la parte de la oreja hábil y salimos del paso. Lo malo es a quien le toque la otra. Entonces, las cenas de Navidad de los pocos que quedamos del colegio, o de las amistades viejas, se convierten en un griterío ensordecedor –la expresión viene al pelo— y nadie escucha, ni los sanos, ni tampoco los que se han provisto de audífonos. Mi hermano Pepe, que es sordo de toda sordera, confiesa que, por fin, tras años de negro silencio, escucha la caída de la meada en el inodoro, una vez que ha adquirido el último modelo de Gaes, que vale un pastón. España se ha convertido en un país de sordos, porque como el material humano no se renueva adecuadamente, pues la gente se ha quedado sin oír, lo cual puede resultar una buenaventura, según el propio Churchill, por lo que leo en alguna parte.
Cada día de la semana, menos sábados y domingos, mi buzón se llena de cartas ofreciéndome audífonos, no sé quién ha dado el falso chivatazo de que me estoy quedando sordo, algo que no es cierto. Yo tacho la dirección y escribo la de un amigo lagunero que está teniente perdido, con lo que los sobres llenos de publicidad se convierten en norias auditivas y viajeras. Y así me libero de la contumacia postal del fabricante y de la insidia del delator, probablemente un sordo irredento y envidioso.
