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Se murió el calvo de la lotería

Clive Arrindell, el actor británico calvo que protagonizó durante siete años el anuncio de la Lotería de Navidad, murió hace un año y casi nadie se enteró. Igual que Sabina, yo me duermo en los entierros de los muertos de mi generación y por eso no asisto a ninguno, lo que provocará que nadie acuda al mío: los muertos no podrían y sus familiares vivos se vengarán con sus ausencias, lo cual para mí supondría, en el caso de que me enterara, un gran orgullo y satisfacción, como decía siempre el emérito en aquellos discursos viejos de la reina y yo. La muerte del que pregonaba la buena suerte, con música del Café de Estudiantes del Doctor Zhivago, deja un vacío navideño. Es como si se hubiera ido al otro barrio el Papa Noel, que es eterno por naturaleza. Cuando aparecía el calvo en las pantallas aquello era como la bajada de bandera para uno lanzarse a la calle a comprar el décimo y a encargarle al pariente de Madrid el billete de Doña Manolita, un sitio que da muchos premios porque vende mucha lotería, no porque esa administración sea concesionaria exclusiva de la buena suerte. Mi pariente José María, que es el propietario de El Gato Negro, tiene fama de repartir premios, pero desde que el calvo no está, a él tampoco lo veo, aunque siga vivo y coleando por su Realejos natal, repartiendo suerte. Mi amigo Manolo Gutiérrez, que compra cada diciembre la lotería de la peña, aunque también es calvo, no se parece en nada al alopécico muerto: en casi 40 años no ha dado ni un reintegro, por lo que las Loterías del Estado deberían concederle una medalla por lo que han ganado con él. Este año presiento que tampoco nos tocará una mierda.