El cura Siverio fue -yo creo- el único tinerfeño que asistió al Concilio Vaticano II, que convocó Juan XXIII en los sesenta y remató Pablo VI. Fue una época de cambio en la Iglesia y esto es una obviedad: la Iglesia seguía en Trento. Don José Siverio estuvo cuatro o cinco meses en Roma y asistió a la última parte del Concilio, como teólogo asesor del obispo Franco Cascón, que ascendió de fraile a prelado porque escuchó -era su confesor- los terribles pecados de doña Carmen Polo de Franco. Era un sacerdote redentorista, muy carca, pero parece que confesaba y absolvía bien y eso le valió ser obispo nivariense, porque entonces a los obispos los proponía Franco, manda cojones. Y doña Carmen no pecaba sino en las joyerías de Madrid, que cerraban con llave a su paso porque la vieja se llevaba las perlas, gratis, para colgarlas de su cuello de jirafa asturiana o de por ahí. Don José Siverio, realejero de pro, escribió algo así como cincuenta crónicas del Concilio, con mucho estilo, que La Tarde, bendito periódico, publicó destacadas porque Siverio había estudiado periodismo en Madrid con Alfonso García-Ramos, Olga Darias, Gilberto Alemán y Domingo de Laguna, aquel reportero de calle que no cenaba de noche, sino al mediodía, y que comenzó una vez un artículo con la siguiente frase memorable: “Era de noche y, sin embargo, llovía”. O sea, que llover de noche era, para Domingo, un oxímoron. Esas crónicas van a ser publicadas ahora por no sé quién, según leo en un periódico on line, lo cual me alegra porque don José era un buen periodista y fundó varias emisoras, como La Voz del Valle y Radio Popular de Tenerife. Qué tiempos de radio, Dios mío, y qué gratos recuerdos de aquel cura progresista y tolerante.
NOTICIAS RELACIONADAS
