tribuna

A vueltas con mi diccionario

Leo un artículo de Muñoz Molina sobre los últimos años del gobierno de Felipe González, del 93 al 96. En ese tiempo yo había dejado la política y escribía algunos artículos para la prensa y los versos de mi Diccionario en ciclo pédico. Estaba en Madrid con el manuscrito cuando cambió el inquilino de la Moncloa. Todos los que lo leían se partían de risa y algunos encontraban ciertos hallazgos de ingenio literario. Fui con mi hermano a un cumpleaños de Miguel García, el dueño de Antonio Machado, la librería que estuvo tantos años en Fernando VI, cerca de la Sociedad de Autores. Felipe acababa de perder las elecciones y el ambiente era de un luto, moderado a veces y otras desconsolado y próximo al desespero. Estuve hablando de eso con Almudena Grandes y con Pedro Altares. Intentando consolarlos les dije que desde las provincias las cosas no se veían tan dramáticas como desde la capital. A Miguel Ángel Aguilar le había parecido bueno mi libro. Todavía vivía Juby Bustamante, su mujer, y amiga mía de toda la vida. Me presentó a Ángeles González, que era una de las agentes literarias de aquel momento y me dijo que le llevara el manuscrito al día siguiente. Así lo hice, y cuando vio que se trataba de un asunto de pedos me comunicó de la manera más amable posible que no se dedicaba a ese género. Lo entendí y me volví para casa con los folios llenos de décimas y sonetos. Cuatro años después, Julio Castro, que había sido compañero mío en la primera legislatura democrática, como único concejal del partido comunista, me propuso editarlo. Se hizo cargo del asunto Carlos Gaviño y el libro salió espléndido, con unas ilustraciones bastante procaces de Juan Pedro Ayala. Ni Juan Pedro, ni Carlos, ni Julio, están ya. Tampoco Ángeles González ni Juby Bustamante. Cada vez quedamos menos gente. La publicación era esmerada, una joyita, y Babelia hizo una reseña muy interesante, cosa nada habitual para algo editado en Canarias. No sé qué ha sido de ese libro. Soy un dejado para esas cosas. Carlos me dijo en 2010 que merecía la pena sacar otra edición, pero eso quedó en nada. Solo tengo un ejemplar en casa. Es muy agradable al tacto, y esta mañana, después de leer el artículo de Antonio Muñoz Molina, al que solía ver por los alrededores de la librería de Fernando VI, he recordado aquel tiempo y lo he tenido entre las manos, con su encuadernación levemente satinada, con un blanco roto muy apetecible y un dibujo escandaloso de Juan Pedro, anunciando que se trata de una obra algo soez y atrevida. Me han venido a la memoria los Sonetos Lujuriosos de Pietro Aretino, ilustrados con grabados de Marcantonio Raimondi, que todavía se esconden de los ojos pacatos. Al cabo de los años me pidieron permiso para usar mis versos en el espectáculo Querido Néstor y me enviaron un video donde un policía con acento cubano los recitaba en el auditorio Alfredo Kraus. Hace 25 años que se publicó el Diccionario. Creo que ya no queda un ejemplar, salvo en Todo Colección, y he pensado que merecería la pena volver a editarlo. Sería como un homenaje a todos los que intervinieron y ya no están, pero sobre todo el dar oportunidad a otra generación para que se ría con nuevas cosas. Una definición decía, “Torpedo: pedo lanzado bajo el agua con escasa habilidad”. Considero que sería una torpeza perder esa oportunidad. Así que cualquier editor se podría animar. Yo ya no estoy para esos trotes.

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