En tiempos corpóreos de técnicas de meditación para paliar el estrés, incrementar el bienestar emocional o mejorar la concentración, se agradecen muestras religiosas que arriman la muerte a la vida y a Dios, que elevan la serenidad a una espiritualidad trascendente. Lo otro no es. Lo otro es una complacencia del yo, una mirada gacha hacia el rincón que se habita.
En tiempos de Navidad en donde no hay disponibilidad de mesas en restaurantes de solomillo y coulant de chocolate, en donde la exigencia de guion invita a una sonrisa impostada con Chanel número cinco, reconforta la presencia de seres humanos que lloran y rezan en torno al difunto querido, que se sienten criaturas frágiles y consistentes (envidiable paradoja) en medio del voluptuoso, desquiciado y caníbal star system. Melancólico antropoide sometido a la osamenta, parásito desvertebrado a imagen y semejanza de la tenia solitaria que se agarra al intestino delgado. Solo carne y cal después del último suspiro.
Lejos de la neblina, de la saliva de los perros y sus huesos, el violín de Itzhak Perlman abre los poros al vivificante conocimiento de lo divino. Nada que perder, ni siquiera los secretos del Universo son obstáculo. Al contrario. Qué real el corazón del rabino que canta cerca del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, qué próxima la plegaria del brahmán que honra y acompaña el trasiego del alma, buscando sabiduría y paz en el tránsito de la reencarnación, qué apacibles las letanías del sacerdote católico junto al manto de la Virgen María.
El fallecimiento de Gope Bhagwandas Mahtani, cónsul general honorario de la India en Canarias, supuso asistir a su funeral y percibir muy cerca la aflicción de sus dos hijos (Vikesh y Satyen), dos talentosos médicos tan próximos a la fe como a la razón, relación que ilustró el sabio escolástico Tomás de Aquino. Abrazar con ojos rayados lo maravilloso del agradecimiento, la luminosidad del rito, la consciencia mística sin artificios, la profundidad del pensamiento entre los lazos inabarcables de la familia, fue un admirable regalo de Adviento.
Telas y rosas rojas cubren a la persona buena. Inmensa la gratitud y la luz. Sus manos grandes toman ahora otras manos en el fregado de la vida, con nevera nueva y el espejo enorme que se compra en liquidación. Imposible alejarse de lo que realmente somos. Diferentes platos vestirán la mesa y la cristalería continuará rompiéndose en el lavadero de todos los días. El calor de la cocina entona lo ordinario, al igual que mantras inacabables envuelven el templo. Las palabras sagradas invocan a la esperanza. La eternidad se cuela en el cansancio de quienes relativizan la armonía. Silencio. El hombre verdadero yace cerca del Ganges y de su Calcuta natal.
Alfa y omega. Imposible ponerse de espaldas cuando el cántico cala en las entrañas y la historia de tantos afanes se cuenta con lágrimas. El amor que esculpe la dimensión del hogar es agua que corre por la atarjea y descubre cimientos férreos frente a altares que no necesitan milagros. Trabajo, honestidad, apegos, sacrificio… marcarán la cadencia de la respiración hasta que el cuerpo moribundo, como el barro, se deshaga sin pretextos ni penumbra.
Después de lo más escarpado, de velar en la noche y continuar al amanecer con caricias y susurros filiales, la eterna fragua de la alfarería no se detendrá. La resurrección sostendrá raíces que den sentido a aquel viaje que se emprendió a los veinte años. Mañana las aulas del Quisisana estarán para Ángel y para las gozosas generaciones que crecerán firmes a la sombra de lo más ancho del pecho.

