Hay un momento del año en el que todos decimos más o menos lo mismo. Copas en alto, miradas que se cruzan, frases que se repiten sin necesidad de pensarlas demasiado. Pedimos salud, pedimos felicidad. A veces añadimos poco más. No es falta de imaginación: es que cuando toca desear de verdad, casi todos vamos a lo esencial. Lo demás parece accesorio, casi innecesario, frente a lo que de verdad importa cuando termina un año y empieza otro. Lo decimos casi sin pensar, aunque sepamos que no siempre se cumple. Lo decimos, quizás porque decirlo juntos también consuela. Aun así, nos rodeamos de pequeños rituales. Estrenamos algo nuevo, repetimos gestos que no sabemos muy bien de dónde vienen, como si esos detalles ayudaran a empezar mejor. No porque creamos que van a cambiar nada de forma radical, sino porque nos gusta pensar que entramos haciendo algo, aunque sea pequeño. Yo durante años fui de llevar algo rojo; ahora ya no. Quizá porque uno va aprendiendo, con el tiempo, que el año no depende tanto de cómo se entra, sino de cómo se vive después. Lo curioso es lo que viene cuando pasan los brindis. Se apagan las luces de las fiestas, se recogen las mesas y llega enero con su ruido propio. Un mes que no entra despacio. Enero irrumpe con listas, balances, propósitos. Con esa sensación de que hay que ponerse en marcha cuanto antes, como si el simple hecho de empezar un año nuevo exigiera una revisión inmediata de todo lo anterior. De pronto parece que la vida que llevábamos hasta el día treinta y uno ya no sirve del todo. Que hay que corregirla, ajustarla, mejorarla. Que no basta con seguir, hay que hacerlo mejor. Más ordenados, más constantes, más disciplinados. Como si el año nuevo pidiera una versión más afinada de nosotros mismos desde el primer día. Nuestros propósitos casi siempre se parecen. Hablan de cuidarnos más, de llegar a todo un poco mejor, de estar más presentes. Cambian las palabras, pero el fondo es el mismo. No porque nos falte imaginación, sino porque todos andamos más o menos en lo mismo. Queremos sentirnos mejor, vivir con algo más de equilibrio, no tener la sensación constante de ir a trompicones. El problema no está en el deseo, sino en la forma en la que lo formulamos. Porque los propósitos de año nuevo suelen presentarse como una promesa amable, pero muchas veces funcionan como una forma de autoexigencia que compartimos, casi sin darnos cuenta, con la esperanza sincera de estar un poco mejor. No nacen tanto del deseo como de la costumbre. No siempre hablan de lo que necesitamos, sino de lo que creemos que toca proponerse cuando empieza enero. Y así, casi sin darnos cuenta, añadimos tareas a vidas que ya van llenas, objetivos a agendas saturadas, presión a días que ya iban justos. Ahí está la paradoja. Brindamos por la salud y empezamos el año marcándonos metas que nos aprietan. Brindamos por la felicidad y nos medimos con una severidad que rara vez aplicamos a los demás. Brindamos por el tiempo y enero nos encuentra con prisa, convencidos de que hay que ponerse en marcha cuanto antes, de que no hay margen para la duda ni para el ajuste. No se trata de renunciar a cambiar ni de mirar hacia otro lado. Cambiar forma parte de vivir, y revisar lo que hacemos también. Pero convendría preguntarnos desde dónde lo hacemos: si desde el cuidado o desde la exigencia. Tampoco hace falta entrar en el año con tanto empeño ni tanta solemnidad. No todo se decide en enero. A veces empieza de otra manera, más discreta y más real. Y la pregunta no es qué vamos a proponernos, sino qué vamos a dejar de exigirnos. Tal vez el año nuevo no empiece cuando hacemos una lista, sino cuando la vida vuelve a coger su ritmo. Cuando dejamos de pensar cómo debería ser y empezamos a vivirla.
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