Algunos canariones tienen, de viejo, un latiguillo que siempre hacen audible en el relato. Cuando cuentan a uno cosas relativas a una reunión en la que están a disgusto, o en la que andan contrariados con las opiniones de los contertulios, el canarión del latiguillo lo cuenta: “Porque yo le dije a los demás: como Fulanito de Tal empiece a decir tonterías, yo cojo la chaqueta y me voy”. Puede dejarse el móvil, o las gafas, pero eso de “yo cojo la chaqueta y me voy” es un clásico: donde va el canarión, ahí va su chaqueta con él. No la deja atrás ni a palos. Tengo dos experiencias con canariones pesados que les voy a contar. Una fue cuando murió la madre de un amigo, en Tejeda. Cogí un taxi en Las Palmas para que me llevara al velatorio y el taxista me salió alegantín. Es decir, no paró de hablar durante todo el trayecto, mucho más de una hora, porque Tejeda está lejos que jode. Llegué al pueblo exhausto, como si me hubieran propinado una paliza, pensando sobre todo que tenía que aguantar de nuevo al conductor alegantín al regreso. Pero a la vuelta fingí dormir, nada más entrar al coche, con lo que dejé al hombre hablando solo durante hora y media. Lo escuchaba, pero no le tenía que contestar. Otra experiencia con un canarión ocurrió en Palma de Mallorca, en el barco de un amigo. Hacía de cocinero y en su oficio era bueno, pero el tipo sabía de todo. Estábamos hablando con los otros presentes, un suponer, en la bañera del yate, y, desde la cocina, el sabelotodo aseguraba a gritos haber pasado antes que nosotros por todos los trances que estábamos comentando. Acabé pidiendo, sin parar, tintos de verano y me cargué, para no tener que aguantarlo. Se llamaba Fernando. Cogí la chaqueta y me fui.
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