Cuando fundé Radio Burgado, alquilé, para la antena principal, un cuarto en una azotea de una casa de El Rosario. La dueña era una señora, que tenía una hija bellísima, a la que le faltaba un brazo. Los ratones cagaban en los cables del emisor de 1 kilovatio de potencia y formaban una montaña de excrementos. No había Internet, como hoy, que es una maravilla y es gratis prácticamente. Conectábamos los centros emisores con carísimos radioenlaces. Para cubrir el Norte de Tenerife alquilé un lugar en la antena de Miguel, en La Corona. Miguel era, y supongo que es, un gran tipo: servicial, que no se ponía nervioso si un mes le pagábamos tarde. Para dar cobertura al Sur renté una azotea en El Porís y un cuartucho en la montaña de Anocheza. De ahí a una antena en el tejado del hotel Mediterranean Palace. Cuando cambié a línea microfónica, enlazar desde Santa Cruz me costaba 100.000 pesetas mensuales. Hoy, con Internet, sería gratis o casi. Pero conseguí que Radio Burgado, que fue la primera emisora clandestina de Tenerife, se escuchara en toda la isla, con miles de oyentes cada día. Para Santa Cruz instalé un emisor de 500 vatios en la azotea de los estudios, en la plaza de Ireneo González, que encendíamos sólo en caso de emergencia. Y como grupo electrógeno, por si fallaba la luz, compré un Honda portátil capaz de soportar un kilovatio. Mi gratitud eterna a un hombre excepcional, Enrique Carreras, delegado de Telecomunicaciones. Un caballero, un ingeniero tolerante que entendió que no se le podían poner puertas al campo. Tras Radio Burgado, y a la vista de la inacción de los gobiernos en las concesiones, comenzaron a abrirse otras emisoras. Ninguna le llegó a la altura de sus zapatos. Radio Burgado marcó una época de la radio en Canarias. Murió de éxito y la vendí muy bien. ¡Cómo han cambiado los años!
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