Cuando Tejero entró en el Congreso, pistola en mano, al frente de un grupo de guardias civiles, yo ejercía como director de este periódico. Era el subdirector, pero el titular estaba en Madrid, invitado a una queimada de Fraga. Con el país atónito y un jeep del Ejército que mandaba en Canarias González del Yerro cerca de la puerta del periódico, escuché cómo El Día anunciaba en todas las emisoras que iba a publicar la foto del asalto al Congreso, en una exclusiva de la agencia Efe. Yo tenía una imagen de archivo de Tejero, con sus bigotazos, pero el periódico no contaba con un aparato de telefoto, la única forma, entonces, de recibir imágenes, y El Día sí. Varias personas habían acudido a nuestra redacción a ayudar o en busca de noticias. Una de ellas, Miguel Zerolo, entonces joven concejal de Santa Cruz, de la UCD. Le pedí que se dirigiera al edificio de El Día y que comprara el primer periódico que saliera de la rotativa, con la intención de “fusilar” la famosa foto de Tejero en el Congreso. A Jorge Bethencourt, entonces un joven redactor, le pedí que fuera al aeropuerto del Sur, con la intención de recuperar algún periódico de Madrid traído por cualquier pasajero. Pero no hubo suerte: a la salida del avión no había aparecido rotativo alguno en la capital. La suerte hizo que El Día lanzara unos cuantos periódicos y que se le parara la rotativa por más de una hora. Tiempo suficiente para reproducir su foto y aparecer en la calle primero que ellos. No hay ética que valga cuando la situación es desesperada; y aquella lo era. Efe nos cobró 20.000 pesetas por la foto copiada. Estaba en su derecho. Y yo en el mío de dejar con el culo al aire a mis rivales. Y, además, editorializamos contra el abominable golpe y sacamos diez ediciones.
