tribuna

Cuento de Navidad

Siempre hay que escribir un cuento por Navidad para ser mejores de lo que somos. Los cuentos suelen enfrentar a los malos malísimos con los buenos y desprotegidos que necesitan de un ángel que les indique que en esta vida hay otras cosas para ser feliz, a pesar de que no te toque la lotería, que es mejor acostarse todas las noches sin orfidal que estar haciendo cábalas sobre el dinero, el éxito y tantas otras cosas que tienen que ver con las apariencias. A veces la felicidad se muestra como una falsa exhibición, como un vestido ficticio e innecesario que nos crea el horizonte de lo deseable, como un disfraz temporal del tormento de convivir con una conciencia insatisfecha. Los cuentos de navidad vienen con la intención de que estas cosas desaparezcan, al menos por un día, y todos nos sintamos iguales en una falsa y momentánea solidaridad. Todo se arregla con un pellizco de ilusión, regalando una participación en un número de la lotería, o con la tabarra de un coro a la puerta de tu casa, tocando la zambomba y vestidos de papá Noel. Ojalá este cuento sirviera para todo el año y las monjas no tuvieran que disponer de un solo día para sacar al niño Jesús en el pesebre, cuando el resto del tiempo está sentado en una silla dorada y ha cambiado los pañales y las pajas por un traje adamascado con cíngulos y flecos preciosos. Este paso brusco de la opulencia a la humildad es el signo determinante de que estamos ante una narración efímera, una aurora que se pierde entre nubarrones, frente a la realidad miserable que se impone tras el impasse de un villancico desafinado. Con todo esto, el cuento sigue siendo posible, y los mansos de profesión descubren de nuevo que les merece la pena serlo, que es preferible sentir el amor permanentemente en sus corazones que verlo en el aire como la estela de un avión que lo dibuja en el cielo, o trazado con los pulgares y los índices de ambas manos en una manifestación insincera de los gestos inservibles, o latiendo en rojo bajo un texto de faceboock. La vida es una promesa y el cuento también lo es. Siempre tendremos la oportunidad de compadecernos por el que consideramos más infeliz que nosotros para bañar a nuestros reproches más íntimos, pero nos equivocamos porque esas personas cantan y bailan con la libertad y espontaneidad de la que ya no somos capaces. Mi cuento de Navidad está en el interior de un avión donde todos llevan la FPP2 y en sus ojos no esconden la alegría de regresar a sus casas. Una mano suave y amiga está esperando para partir la barra de turrón de mazapán con frutas escarchadas, los niños abrirán sus regalos después de la cena mientras alguien ausente sonríe en su desmemoria desde la residencia de mayores. La vida tiene que ser bella todos los días. Así debería ser el mensaje de la Navidad, un recordatorio de que estamos despilfarrando el caudal de nuestra ventura en colmar deseos ficticios, inútiles e imposibles. Vivimos sospechando y bajo sospecha a la vez, y esto no puede ser. Ni siquiera deberíamos sospechar de nosotros mismos. Sospechar es guardar algo pesadamente incómodo bajo el pecho, o gravitando sobre él, como una compañía molesta que contamina nuestra existencia. Alguien bueno, disfrazado de ingenuo ciudadano, baja del cielo para hacernos ver estas cosas, como si fuera un flash que nos indica el camino, esas luces que se encienden en el suelo del avión para señalar la salida y huir de la catástrofe, en el caso de que sea posible. A nuestro alrededor, sin que nos demos cuenta, están los rostros esperanzados de los que nos comprenden y nos guiñan el ojo para decirnos que están de acuerdo, que no merece la pena estar tan pendientes de la historia que nos cuentan cada día para enervarnos, como si la desazón fuera el objeto de nuestra distracción. En cualquier caso, es preferible el cuento de Navidad al cuento chino. Éste es más de diario, y ya se sabe que lo habitual acaba convirtiéndose en una vulgaridad.

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