Escribe Javier Cercas en su libro “Anatomía de un instante” que un militar no admite razones de sus superiores sino órdenes. Esto justifica que el Ejército no sea una organización estrictamente democrática. Si no fuera así, se comportaría de forma anárquica y no podría cumplir sus fines.
Ser militar tiene otra lógica, y el considerarlo desde el aspecto constitucional supone la existencia de una obediencia a las órdenes y obligaciones que provienen del sistema y no puede equipararse a una estructura donde son posibles el ejercicio del debate y la crítica. Esa es su limitación y su dependencia democrática, que obliga a más lealtades que las que deben profesar los ciudadanos de a pie, a los que les está supuestamente permitida una participación más abierta en los asuntos públicos.
Sin embargo existe un símil, no solamente semántico entre lo militar y lo militante, que hace sospechar que la conexión con quien marca las pautas ideológicas se basa en órdenes, igual que en el Ejército. La diferencia entre una estructura militar y la de una agrupación política, está en que el acatamiento de la orden se basa en la necesidad de mantener un comportamiento necesario, y en el otro caso se exige el fanatismo como único elemento capaz de cohesionar a los afiliados voluntariamente. Esto no tendría que ser así, pero desgraciadamente lo es.
Un sistema democrático debe impulsar el debate participativo en todas las estructuras sociales, principalmente en la organización interna de los partidos políticos que, según la Constitución, son los vehículos para canalizar las distintas voluntades del pueblo, nunca ejércitos cerrados ni fuerzas de choque, porque si no se convertirían en las correas de trasmisión de autoritarismos y regímenes autárquicos.
Ser militar, por tanto, puede y debe ser un compromiso democrático sujeto a órdenes: ser militante obliga a ser lo mismo, pero sin el sometimiento a la disciplina ciega, porque se trata de un órgano para debatir ideas no para ordenarlas e imponerlas. Últimamente leo que el sistema esta en quiebra en todo el mundo, sometido a una revisión, seguramente debido a una traslación de las influencias en lo geopolítico, y un reajuste en los alineamientos con ciertos intereses. No sé cómo se desarrolla el debate político en otras sociedades, pero en la española, que es la que tengo más cercana, estas cuestiones se plantean con una extraordinaria virulencia. Me niego a pensar que en esto somos diferentes.
En el mundo de la digitalización y de la Inteligencia Artificial no se puede seguir pensando en la existencia de los Pirineos. Necesariamente tiene que ser de otra manera. Veo gente manifestándose en las calles. Hoy han ido 80.000 al templo de Debod y 15.000 a hacerlo por Palestina. Ni aunque hubieran salido un millón a las calles esto sería significativo. Siempre se habrían quedado 48 millones en sus casas, y me temo que éstos son los que tienen la razón. O la verdad, si ustedes quieren, siguiendo ese concepto de mayoría que le otorga Habermas. Puede que Cercas esté en lo cierto, pero yo me quedo con los militares. Al menos no son fanáticos.
