Puede que un día hablemos de desintoxicación informativa. Lo cual no nos anima mucho. Ciudadanos que se ponen a dieta de noticias. Las redes con su perversión de bulos tendrían que ver, y el hecho de este mundo agraz, desagradable. Pocos medios sirven el plato lleno, las medias verdades y las mentiras amenazan un venerable oficio. La abstinencia periodística, esa enemiga, nos sobrevuela.
Otro síntoma. Cada vez son más los que guían sus pasos de acuerdo con la IA, la inteligencia artificial, el nuevo coach personal. Le consultan todo al ChatGPT. Los amores, la comida, la salud. Algunos se han enamorado del robot intangible, otros se han suicidado por consejo del asistente virtual y la peña se deleita con esa doble vida, como si fuera el signo de los tiempos. El colectivo estudiantil, la masa gris de las nuevas generaciones, se abraza al chatbot, su confidente, que le suplanta, si el profesor se distrae: es la moderna chuleta para copiarse en el examen. Los docentes lo saben, pero carecen aún de una estrategia de respuesta.
La evolución humana más probable es una subespecie ciborg, que transita del piercing en la ceja o en la lengua y los implantes cocleares al tentador chip cerebral para competir con las máquinas inteligentes.
Con los pies en la tierra, nos violenta la idea de perder el trabajo. Y esa es la atroz revolución detrás de esta vuelta de tuerca digital. La desaparición abrupta de la mayoría de las profesiones, en favor del mundo del Señor Fontanero, el Señor Electricista y el Señor Mecánico, oficios manuales que pasarán de secundarios a actores principales, mientras una larga columna de titulados universitarios haría cola para cobrar una hipotética renta básica universal que los degrade a esclavos de los techbros, los reyes millonarios del mundo.
Enumero fenómenos sociológicos que no son ningún secreto, pero que, puestos sobre el papel, desazonan. Cuando la pandemia, las calles se vaciaron. Era por el virus. Ahora hay una desertización por los videojuegos o el scroll. Cuando leímos 1984, cogimos una aversión preventiva a las pantallas, por delatoras. (En mi wasap se ha instalado un agente de IA de Meta, que se ha invitado él solo, un espía orwelliano, sin duda.)
La muerte no existe. No estoy dando un salto en el vacío. Es otro rasgo de este cambio social. Uno de los grandes constructos del momento que vivimos. No se agota en la onda espiritual de Rosalía, fan de Simone Weil, la filósofa revolucionaria devota de Dios. Es un nuevo nicho literario y editorial. El boom coquetea con cierto limbo científico, como en la saga de la Supraconciencia del doctor Manuel Sans Segarra, autor best seller del género, o el neurocientífico Álex Gómez-Marín (La ciencia del último umbral) o el tocho que salió a la luz en 2023 Dios, la ciencia, las pruebas, de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies.
A Javier Cercas le sorprendió, en la gira americana con su libro El loco de Dios en el fin del mundo, que le escucharan mil personas en Perú, donde el sacerdote Gustavo Gutiérrez fundó la Teología de la Liberación. El ateo Cercas, tras escribir su obra sobre el papa Francisco, siente afecto por el Cristo de los pobres frente al Cristo burgués europeo y español.
La inmortalidad, el nuevo espacio literario que se abre paso en España (Canarias incluida), abarca el ensayo, la novela y los testimonios de experiencias cercanas a la muerte (ECM), como las denominó hace cincuenta años el médico y siquiatra norteamericano Raymond Moody en Vida después de la vida. No es casualidad que la nueva novela de Dan Brown, El último secreto, trate de la conciencia. En fin, esta palabra (fin) era un fake.
Estrenamos diciembre, ¿un falso fin de año? ¿Por qué sospecho que 2025 inaugura una propagación de virtudes y defectos, una onda expansiva sin final delimitado? En 1995, un profesor de Harvard, Clayton Christensen, acuñó el término disruptivo, que llamó mucho la atención. Ahora todo es disruptivo, la palabra ya no tiene gracia como hace 30 años, cuando designaba el impacto de una impronta que se convertía en dominante.
Acaso esté equivocado y este no sea uno de esos años prolegómenos de futuros eneros, un año promiscuo de mundos que mutan, y que el sentido de esta columna no sea premonitorio.
Hemos repasado hábitos que emergen en el ámbito de la información, de las relaciones humanas y las tecnologías y hasta un nuevo giro en el concepto capital de la muerte. Por si acaso 2025 no muere como tal, sino, como diría Einstein, se trata de un año fantasmal y, de la mano de la IA y del doctor Segarra, se perpetúa. Que baje Dios y lo vea.

