Nunca se dan tantos desencuentros familiares como en estas fechas, en las que los cuñados emergen como auténticos especialistas en aguar las fiestas. Todo por culpa de la política, de las herencias o de los desafectos viejos que afloran a las superficies de las cuchipandas, muchas de las cuales acaban a palos o, en su defecto, en discusiones terribles. Algunos sicólogos sostienen que el mago es el peor enemigo del hombre, pero yo creo que lo es más el cuñado. Casi no hay cuñado aprovechable. En mi ámbito siempre he tenido calados, no a los cuñados, que en este caso me salieron buenos, sino a unos parientes que, en las reuniones familiares, iban directos a la cocina a beberse el agua de las latas de aceitunas. Me lo recuerda mi primo José Luis, que fue quien los trincó in fraganti, una de las veces, hace ya muchos años, y me refresca la memoria durante una reciente comida de trabajo en la que, afortunadamente, no había cuñados de por medio y, por tanto, acabó como había empezado: en paz y armonía. Las exaltaciones de la amistad de estas fechas se suceden sin solución de continuidad, pero tanto las reuniones gastronómicas de trabajo como las familiares acaban generalmente mal, porque la gente saca al fresco las rencillas y los conflictos no planteados, por pudor, estando serenos. Eso sí, todo el mundo regresa a casa tocado del ala, o habiendo dicho o con ganas de decir cuatro cosas. Cuando, comenzado el ágape, hace su entrada triunfal el cuñado, alguien cuchichea bajito, pero con el tono suficiente para que se oiga: “Je, el que faltaba”. Y este es el fósforo que prende la mecha. A partir de ahí contesta el otro y ya la cosa se lía y continúa liada hasta los postres, que es cuando se llega, si se hace menester, a las manos. No falla, yo he pasado por eso.
NOTICIAS RELACIONADAS

