Ha escrito Juan-Manuel García Ramos un ensayo sobre la muerte que ha titulado de la misma forma que yo este artículo, copiándole: El temor de morir (Mercurio Editorial). Moviéndose entre el realismo mágico y la ciencia, Juan-Manuel va desde Lincoln, obsesionado con la temprana muerte de su hijo, a la baronesa Karen Blixen, la danesa autora de Memorias de África, que luego dio lugar a la película más tierna jamás filmada. El marido de Blixen le contagió la sífilis, contra la que luchó casi toda su vida. Ella aseguraba, en su delirio, que había cenado con Sócrates y que había vivido 3.000 años. En el medio aparecen un montón de autores que en estos días, posiblemente de zozobra de su autor, han salido corriendo desde la biblioteca de Juan-Manuel para servirle de inspiración. No se escapa Sans Segarra, el médico catalán que ha escrito relatos sobre el tránsito, apostado a pie de cama observando a sus enfermos terminales, escuchando cómo narran su paso al otro barrio, por usar un término prosaico. El temor de morir es un canto a la vida y un acto de fe. Yo no creo, soy un escéptico, pero Juan-Manuel se refiere a que todas las religiones tienen su más allá particular. Una ofrece no sé cuántas vírgenes, la otra un infierno, un purgatorio y un cielo. Para mí, cuentos chinos, aunque si creemos en las recompensas, de alguna forma tiene que pagar el ser humano su comportamiento terrenal con los demás. Ocurre que la moral es distinta, según qué teorías y conceptos. El ensayo del autor es espléndido y no pueden faltar sus personajes favoritos, desde Faulkner a García Márquez y Borges, pasando por otros de ficción, o no tanto, entre ellos su abuelo José Aquilino, el zahorí del Valbanera. O el intrigante Melquiades, que murió tres veces. Léanlo, es muy interesante.
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