tribuna

En cada rincón, los abuelos

Hoy me gustaría hablar de los abuelos, de los de antes y de los que siguen aquí. Y quizá fue por eso que, estos días, volví a mirar aquellas fotos que hace años guardábamos en álbumes: páginas gastadas, imágenes detenidas y, siempre, en algún rincón, mis abuelos.

Fueron de esos que hablaban poco pero lo decían todo con los gestos. A mi abuela la llamaba Aya, y a mi abuelo Yoyo. Eran gente de campo, de manos curtidas y corazón generoso; de los que sabían vivir con poco y darlo todo. Ella vivía entre fogones; él, con su sombrero y su calma. Hay cosas que cambian con los años: las casas, las prisas, las palabras. Pero hay otras que no saben de tiempo.


Como esa presencia callada de los abuelos, que nunca se impone, pero nunca falta. Con ellos siempre hubo ternura, aunque no se dijera. Paciencia, aunque el cansancio apretara. Los de antes lo hacían con las manos: trabajando, cocinando, esperando en silencio. Los de ahora lo hacen con el alma: acompañando, cuidando, haciendo que todo sea un poco más fácil. Y aunque vivan tiempos distintos, todos hablan el mismo idioma: el del cariño sin condiciones. Recuerdo los días en La Era -la que quedaba en la entrada para ir a Radio Nacional-, que además de servir para las trillas, por las fiestas hacía las veces de terrero, bajo aquella sombra de siempre, donde veía la luchada con Yoyo. Le brillaban los ojos mientras disfrutaba con cada maña, como si el tiempo se detuviera solo para eso. Tenía esa forma tranquila de mirar el mundo, sin prisa, como si todo tuviera su momento justo. Y Aya, tan suya, siempre pendiente. “Voy a poner el aguasal al fuego, que te llevas unas papitas arrugadas”, decía, y no había más que hablar.


En su manera de hacer, sin pedir permiso ni esperar agradecimiento, estaba toda la fuerza de las mujeres de antes. Así era su forma de querer: firme, generosa, callada. A veces pienso que los abuelos de ahora, los que corren entre horarios y colegios, no son tan distintos. Han cambiado las rutinas, los gestos, los días. Se cuidan, buscan su tiempo y encuentran pequeños espacios de disfrute. Han aprendido a guardarse un poco para ellos sin dejar de estar.


Aun así, siguen siendo los primeros en ofrecerse, incluso cuando no les da la vida. Siempre encuentran un hueco para llevar a los nietos a sus actividades, cuidarlos cuando se ponen enfermos o esperarlos con la merienda lista. Lo hacen a costa de su descanso, de sus planes, de su silencio. Pero sin quejarse. Porque, como los de antes, saben cuidar sin medida. Cambian los tiempos, sí. Los de antes tenían las manos curtidas; los de ahora, el corazón cansado. Pero ambos comparten algo que no envejece: la forma de querer sin esperar nada. Y quizá por eso, cuando todo corre y el ruido no deja pensar, basta con recordarlos para encontrar un poco de paz. Porque ellos son la parte del mundo que no se nos cae.

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