No me extraña nada, pero nada, que haya crecido la demanda de libros que hablan de filosofía para todos. Y que se inauguren librerías en cada esquina para leer libros de papel. Se pide una filosofía práctica, que se centre más en la acción y en la ética, que opte por la primera navegación platónica, la que va a toda vela. Porque la segunda navegación es a remo y podría causarnos callosidades en las manos y en la mente, requiere más esfuerzo metafísico. Autores como Carlos García Gual y María Jesús Ímaz, nos advierten que esta crisis, esta desorientación del hombre y la mujer contemporáneos, parece tener ciertos y lejanos paralelismos con la caída de la polis griega. La comparación puede tener sus riesgos interpretativos, aunque de algo hay que escribir. Estamos a la busca y captura de voces autorizadas que puedan poner nombre a la situación actual, donde los avances tecnológicos nos llevan ventaja, y nos desbordan con una duda que pone bajo sospecha nuestra propia inteligencia. García Gual y María Jesús Ímaz, en La filosofía helenística, establecen esta comparación con el pensamiento antiguo, que sirvió como botiquín de urgencia en aquellos momentos históricos.
Los mencionados autores nos dicen: ‘El sabio es ahora un individuo que, desligado de la comunidad política, traza su camino de perfección en un mundo que percibe como ajeno, insensato, hostil, y de turbias e inestables fronteras.’ Como verá el amable lector, el texto citado anteriormente clava la situación actual, y justifica que busquemos en el estoicismo tardío fórmulas sencillas para estar en el mundo actual. Y que giremos nuestra mirada hacia el jardín de Epicuro en busca de amigos próximos y sinceros, que no ejerzan el puenteo y otros maliciosos vicios. O establezcamos, sin saberlo, un diálogo cínico con la realidad desde una furgo, ya que las políticas sociales nos niegan, por ejemplo, una vivienda como derecho natural. También los hay que se las saben todas, que son incapaces de conjugar la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo ignorar, o invocar el solo sé que no sé nada socrático, mil veces citado.

