tribuna

Ghislaine Maxwell, la ‘garganta profunda’

Llamarse Ghislaine Maxwell fue una cosa en el siglo XX y otra bien distinta en el siglo XXI. A finales de la pasada centuria, era la hija favorita del magnate de la prensa Robert Maxwell. Ahora, con 63 años, está entre rejas cumpliendo una larga condena como cómplice de los escándalos sexuales de Jeffrey Epstein. La recuerdo de luto en Tenerife por la muerte de su padre en aguas canarias.


El rey Midas de la prensa británica, enfrentado sin tregua a Rupert Murdoch, era una mezcla de Musk y Trump, megalómano, zafio y de modales volcánicos. Después de fingirse laborista y ser diputado, y de levantar un poderoso holding mediático, naufragaba entre deudas cuando se embarcó en su yate Lady Ghislaine (el nombre de su hija menor) rumbo a Canarias. Sería su último viaje. Y la del Mencey, su última cena, pegado a un motorola.

Visiblemente nervioso, se habría dejado olvidada la chaqueta en la silla, de no haber sido por el sumiller. De madrugada, cayó al mar, entre Tenerife y Gran Canaria. Murió de un ataque al corazón o lo mataron. Lamela, el forense, me dijo que descartaba el suicidio, no así una inyección letal indetectable, pero se decantó por el infarto. Cuando el 5 de noviembre de 1991 apareció flotando desnudo boca abajo, las sospechas recayeron en el Mossad. Checo de origen judío, se dijo que era un espía de Israel caído en desgracia. A Ghislaine le persiguen los cadáveres: el de su padre, el de Epstein, muerto con el cuello roto en una celda de Manhattan, y el cadáver político de Trump, si decide acusarlo.


En una foto, seis años más tarde, un Donald Trump pelirrojo posa con Ghislaine sonriente, que viste de oscuro con un bolso negro en la mano. Esta semana, los demócratas del Congreso ofrecieron un avance del arsenal fotográfico de Epstein en la isla de los pedófilos, en el Caribe. El Departamento de Justicia debe desclasificar antes del día 19 todo el archivo confidencial del magnate financiero pederasta.


Ghislaine, recluida en una cárcel de mínima seguridad en Texas por gentileza de Trump, custodia el secreto mejor guardado sobre el presidente y la trama pedófila. La revelación de los papeles de Epstein, que demócratas y republicanos exigen por ley al alimón, se hará sin garantías. Solo Ghislaine sabe la verdad, y quiere ser excarcelada. Trump es el campeón de los indultos.


En Tenerife, ella reunió los últimos papeles de su padre en el yate y ordenó destruirlos. Cuando la jueza de Granadilla los pidió, le enviaron lo que quedaba, unos telegramas de condolencia. Ahora, es la testigo que podría acabar con el presidente o indultarlo, pues tiene la llave de la historia; era la conseguidora, la que facilitaba las menores de edad al depredador. La garganta profunda.


Trump hizo un dibujo procaz para Epstein, en su 50 cumpleaños, con la silueta de una mujer desnuda y un texto con la mención de un “secreto maravilloso” entre ambos. El fetiche, que su autor tacha de falso, pese a la firma inconfundible, figura en un álbum de Ghislaine para su enamorado.


El talón de Aquiles de los presidentes americanos es su vida obscena, como en Clinton con la becaria Lewinsky (1998). Cuando se le abrió un juicio político por ello, el mismo día bombardeó Irak. Trump no piensa ser menos en el Caribe. Venezuela y Colombia esperan acontecimientos.


La hija de Robert Maxwell era seca, pero educada. No era una mujer agraciada físicamente. Con 29 años, vestía con chaquetones y trajes a cuadros de señora mayor y se peinaba con una coleta que dejaba caer un flequillo sobre la frente. Tenía un parecido hombruno a su padre y quizá había heredado su carácter mandón (la madre, Elisabeth, y su hermano Philip la dejaban hacer y deshacer en Tenerife). Robert Maxwell fue el único de su familia judía que escapó a la muerte en Auschwitz. Tras huir, se alistó en el ejército británico y desembarcó en Normandía. El capitán Bob, su apodo, fue un héroe de guerra y amasó una gran fortuna tras una infancia de pobreza extrema en que dormía con sus hermanos en un colchón de paja raído y compartían por turnos un único par de zapatos.


En el puerto de Santa Cruz, nos leyó un comunicado final agradeciendo el trato recibido. Regresó a Londres y se mudó a Nueva York, donde conoció a Epstein, que tenía millones, pero no contactos como ella en la jet set. Era una perfecta socialite y una leal celestina. Una de sus víctimas, Virginia Giuffre (que se suicidó en abril), denunció por abusos al expríncipe Andrés, defenestrado por el rey Carlos III.


Aquella chica que conocimos en el muelle santacrucero hace una treintena de años, tiene en sus manos el futuro de Trump. Cuando este era novio de Melania, los tres pasaban juntos las vacaciones en la mansión de Mar-a-Lago. Epstein nunca se fio de Trump. Decía que era “un hombre al borde de la locura”. Quizá lo haya filmado.

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