el chasnero

Huevos rotos

Como bien saben ustedes, los precios de los huevos han subido una burrada, un 22,5 por ciento en los últimos doce meses, 3 euros por kilo, lo que representa un coste de más de 70 céntimos por yema. Tiene huevos.

En el tiempo presente, pues, comprar estos “diamantes con cáscara” ya es perfectamente equiparable a comprar acciones en bolsa, incluyendo el imperativo de pedir un préstamo. Cuando contemplamos nuestro cartón, en fin, ya no vemos yema y clara, sino oro líquido. Y si hay huevos, ese desayuno ya no será de un obrero sino de un magnate.

El incremento ha sido relativamente sostenido desde 2022 y se ha disparado un 7,2 por ciento en marzo y 5,7 en abril; meses de primavera, estación demasiado romántica, digo yo, para subir precisamente los huevos.

No hace falta que les diga que éstos se han encarecido significativamente más en España que en la mayoría de los países de Europa, porque, superados los tiempos de la “Furia” y de Telmo Zarra, ya tampoco ganamos los partidos de fútbol por huevos (como en la fecha del 12-1 a Malta), sino más bien por el “tuya-mía” (anticipación canaria del “tiki-taka”). Tampoco me consuela saber que los huevos mexicanos han subido hasta el 45% a principios de 2025. Dígase lo que se diga, mal de huevos es consuelo de tontos.

Las causas de la escalada ovina son el aumento de los gastos de producción, la alta demanda -porque ahora el huevo es el antojo de la burguesía-, la sistémica especulación, y, sobre todo, la gripe aviar; es decir que las gallinas ponedoras han cogido un airón, porque el gallo sube, como canta mi amigo Pepe Benavente, rakatapún-chinchín, y echa su flete. En Estados Unidos, donde morarían las más viciosas, se han sacrificado millones, y, tan fanfarrón y fatuo, ahora resulta que Trump tiene tantos huevos como le decía a Xi Jinping y tampoco los que hay que tener para subir los aranceles a San Miguel de Abona.

La baja colectiva de gallinas ponedoras, y aves de corral varias, pone a la humanidad en un brete, por cuanto los precios de los productos básicos y especialmente el de los alimentos, ha crecido de forma vomitiva y deshonesta. El INE publicó que el IPC se redujo hasta un 3% en noviembre, pero, sin embargo, el valor de los alimentos sobrepasa los niveles de años anteriores, como refleja la evolución de precios comprendida entre 2019 y 2025. Así, no sólo los huevos, el plátano se encareció un 124 %, la manzana un 98 %, la cebolla un 85 % y el tomate un 145 %. O sea, que los indicadores macroeconómicos son una monada, pero nuestra economía real -o microeconomía- es una miseria. Llegará el momento, no lo duden ustedes, en que -en nombre de la macrocabronada- nos cobrarán por respirar, por refunfuñar y hasta por resollar.

Ante semejante catástrofe, la pregunta lógica sería cómo es posible que haya tantos cabrones sueltos, pero asumimos el riesgo de que nos pongan nuevos impuestos en la nuca, y, entonces, parece más propio indagar cuándo darán el alta a las gallinas agripadas.

Mientras ellas se recuperan, y Dios lo quiera porque la salud es lo más importante, los platos proletarios se han convertido en guisos aristocráticos. Despidámonos de los queques, las croquetas, las albóndigas, la pizza carbonara, las arepas de perico, el huevo duro, el arroz a la cubana, la sopa de huevos, los huevos fritos con papas (ay, Dios mío, qué nostalgia), los huevos mole y de los huevos de fraile (que también tienen su corazoncito).

A este ritmo, en fin, terminaremos con los huevos rotos.

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