Dijo el estudioso afamado que el arte es el gran momento de los humanos. Y concedió razón en su cabalidad a esos que han ideado posiciones y se han arrojado a definir algo que es indefinible. Cual aplicó para su cargo el grande Juan de Yepes Álvarez, San Juan de la Cruz, que es el más grande poeta amoroso de toda la historia. Lo prefiguró: si oficialmente lo que a mí me ocurre es la experiencia mística, si lo que sucede es el encuentro con Dios que es infinito y es todo, esa congruencia no cuenta con palabras, no puede explicarse, porque lo absoluto, el momento del goce satisfecho, el orgasmo solo se vive. En ese punto lo que el divino Schopenhauer ideó y manifestó en su ideario estético. El hombre se distingue por la voluntad (lo que lo trasciende) y por la representación (lo que lo delimita). Ello atado a una inquebrantable condición: sujeto en tiempo, persona que es duración. De donde sale el designio manifiesto de los efímeros: frente a los animales, que son instante, nosotros sabemos, conocemos, somos conscientes de lo que el Hacedor nos regaló: percibimos la muerte; desapareceremos todo y definitivamente de este mundo. ¿En que funda su revelación el filósofo alemán? El arte suspende el tiempo y se convierte en inmortal. Así el Homero de la Ilíada es inmortal, el Cervantes del Quijote es inmortal, el Shakespeare de Hamlet es inmortal, el Pessoa que nos ilustró con los eximios poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos o Ricardo y nos dio a tratar el excepcional Libro del desasosiego es inmortal, el Kafka de los Diarios es inmortal, el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre es inmortal, etc. Leemos a esos autores y sus proverbiales libros diecisiete, diez, cinco, dos siglos después o diez años luego de su defunción. De manera que el arte se da la vuelta contra sí. No solo proclama la belleza, el ingenio, la sumisión, eso por lo que padecemos lo sublime, o el orgasmo que antes dije, sino que nos hace disfrutar de lo que nos excede, de lo fijo, de lo que permanece, eso que está presente en la mente de los hombres desde que son hombres y se arriesgaron a contar, a dibujar, a pintar o a construir; eso que nos hizo revelar Dios (como lo otro de sí mismo) y en todas las culturas: el crear. ¿Qué proponer ante la novela abierta ante mis ojos, pongamos por caso La muerte de Virgilio? La sumisión al signo como efecto. No solo comprobar o disfrutar (cual se ha dicho) del ingenio y de la maravilla inventada sino que he tocado con mi entendimiento, con mi lengua, con mi conocimiento lo definitivo, lo inquebrantable. ¿Suficiente? Para Schopenhauer sí, para el resto de los nacidos lo que su pensamiento confirma: sostener en ti y por ti lo único, lo trascendental, lo rotundo. Y eso es lo eminente, eso es lo que explica lo eterno.
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