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La botella

Saben ustedes, porque lo conté en alguna parte, que me he comprado una botella de hospital para mear en las colas. Porque a mi edad sobreviene la inevitable incontinencia y es preciso llevar un desaguadero portátil dentro del coche, para evitar catástrofes mayores. Es tal el agobio de esas colas kilométricas que uno tiene que tomar sus medidas, propias de la senectud. Un pañuelo de Gucci cubre mis vergüenzas, por si el repartidor de la furgona, que circula más alto, desvía la vista y te corta la meada, y una botella que alivia mis apreturas urinarias en las colas que Rosa Dávila iba a eliminar nada más tomar posesión. Era mentira: se siguen vendiendo coches y continúan atascadas las carreteras, hasta el punto de que si el parque móvil insular formara una fila daría la vuelta al ecuador de la Tierra. Pero literal, no es una metáfora, sino un cálculo. Así que yo voy a todos lados con mi botella de hospital, con la entrada gorda, aunque tampoco hace falta tanto. Quizá sí, para no errar en el intento, pero sólo por eso, no por razones de tamaño, que no está uno para alardes. El otro día fui a Santa Cruz, a la revisión de Mini, y por la autopista se me calentó el coche, por primera vez en su larga existencia. No tuve que parar, de milagro, pero sí usar el W.C. portátil, con un lleno casi completo. Así que tomen ustedes precauciones, desocupados lectores, para que no conviertan el vehículo en un aliviadero, a la vista de las retenciones de tráfico, que en estas fechas navideñas son diarias y muy tediosas. Hace poco me contó un cabreado lector que salió de Santa Cruz y tardó hora y media en llegar a La Laguna, un trayecto que, en condiciones normales, se cubre en cinco minutos.

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