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Las memorias del rey

El miércoles compré, y entre el miércoles y el jueves leí, las memorias de don Juan Carlos, un rey al que admiro. Siento gran simpatía personal por el emérito. Disculpo los pecados de bragueta porque en este país de salidos, cínicos y pícaros quien esté libre de los pecados de la follandusca que tire la primera piedra. Los otros pecados han sido confesados y subsanados. Y un rey ha quedado expuesto ante la opinión pública. Un rey que, en sus memorias, escritas por Laurence Debray, jamás habla mal de Franco, todo lo contrario. Y eso tiene su mérito, porque la moda actual es poner a Franco a parir. Contra la historia no se puede ir, ni se debería alterarla a fuerza de derribar estatuas ecuestres de un dictador. En las confesiones de Juan Carlos I se relatan pasajes de su reinado muy conocidos, otros no tanto, pero yo comprendo su desahogo en un libro, dictado a una periodista francesa que, según algunos autores, es algo más que amiga del monarca en el exilio. Yo creo que la persona que hizo posible la Transición debería residir en España y no vivir fuera. Algunos panelistas aseguran que le conviene permanecer en Abu-Dabi para así tener más libertad para distribuir su fortuna, a la que el actual rey renunció antes de tiempo: no se puede rechazar una herencia sin saber si ha sido beneficiado por ella. Pero esto es lo de menos. Las memorias son entretenidas, están relativamente bien escritas, siguen una línea argumental dispersa y repito que cuenta cosas que ya sabíamos, al menos en la mayoría del relato. Las relaciones entre el rey padre y el rey hijo no son buenas, como tampoco lo fueron, en algunos momentos, las de don Juan III con su hijo Juan Carlos I. Pero estas son cosas de reyes en las que yo no me meto.

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