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Las noches

A fuerza de trasnochar durante toda mi vida, ahora llevo muy mal las noches y he decidido dormir por las mañanas. Le doy vueltas a la cabeza, desconozco el sosiego y se me hace una montaña cualquier nimiedad. Yo lo atribuyo a la edad provecta, pero seguramente existirán otros motivos. Me he vuelto obsesivamente puntual, detesto las consultas médicas (que me causan pavor, porque los médicos siempre te encuentran algo malo) y no me acostumbro a que los años de salud de hierro hayan terminado, ni a que, poco a poco, irá apareciendo lo que acabará con mis días en este mundo. No crean que me encuentro sumido en una depresión, nada de eso, porque con la luz del sol vuelvo a ser yo, o sea el optimista de siempre, el junco ese que se dobla pero siempre sigue en pie, como decía el Dúo Dinámico en su canción Resistiré, que tanto escuchamos como himno del covid-19. Pero esto es lo que hay y debo afrontarlo con más o menos ánimo, refugiado en algunas escrituras y lecturas y sentado en el sillón, viendo cómo mi perrita sigue cumpliendo años: va para dieciséis. Estamos buenos los dos. Ni siquiera el Real Madrid me aporta alegría alguna y mis amigos han ido cayendo como moscas. Soy consciente de que el próximo dique roto será el nuestro, mis compañeros de colegio han iniciado -muchos de ellos- el tránsito y ya no me queda sino seguir fomentando el escepticismo, que es una forma de justificarme cuando llegue el final. El último de mi edad que ha caído es Alfonso Ussía, empeñado como estaba el hombre en emplear la frase “traje de baño” para referirse al bañador. En una conferencia que dio en el Real Casino, le dijimos: “Alfonso, en Canarias no digas traje de baño, aquí lo llamamos bañador”. Prometió hacernos caso, pero no lo cumplió. Era un crack.

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