tribuna

Letras con glamur

Las letras con que escribimos las palabras presentan, al menos, tres dimensiones distintas: una dimensión práctica, una dimensión estética y una dimensión simbólica o erótica.

La dimensión práctica de la letra se encuentra relacionada con su función básica o fundamental, que es la función subsidiaria de representar o sustituir los sonidos de la lengua hablada, para darles permanencia y que no se los lleve el viento o el tiempo. Así, la letra a representa en la escritura una vocal grave abierta y la letra p, una consonante bilabial oclusiva sorda. No se trata, por tanto, de signos independientes, sino de meras señales sustitutivas. “Lengua y escritura son dos sistemas distintos; la única razón de ser del segundo es representar al primero; el objeto lingüístico no es definido por la combinación de la palabra escrita y la palabra hablada; esta última constituye por sí sola ese objeto”, dice, como siempre con razón, el maestro Saussure. Desde este punto de vista, poco importan la forma, el color, el tamaño, etc., que tengan sus trazos. Lo único que importa es su función representativa: a representa siempre la vocal más abierta del sistema vocálico y p, su consonante bilabial oclusiva sorda, independientemente de que se las escriba de una forma u otra: en letra minúscula o letra mayúscula, manuscrita o impresa en letra de molde… A cada sonido corresponde una (excepcionalmente, dos o tres) letra, que hay que respetar por encima de todo para que el código de la lengua escrita funcione sin problemas y no confunda a los hablantes con ambigüedades o anfibologías.

La dimensión estética de la letra se encuentra relacionada con el mayor o menor gusto o maestría con que se ejecuta su trazado. Así, la de los médicos de antes, verdaderos prevaricadores de la escritura, solía carecer de valor estético, porque escribían al trancazo o como saliera. Es comprensible: ellos no están para machangadas artísticas. Están para algo más trascendente, que es salvar vidas. Por el contrario, la letra de los escribanos, los escribidores y los calígrafos presentan un alto valor estético, porque están trazadas con sentido artístico. Sabido es hasta qué punto se atildan los pintores en trazar los textos escritos en los templos (mezquitas, sobre todo), los monjes en los conventos o los escribanos en las escribanías y hasta qué punto se enseñaba con esmero la caligrafía o arte de escribir correctamente (que es lo que realmente significa la palabra “ortografía” desde el punto de vista etimológico) en las escuelas de antaño, antes de que las máquinas de escribir y los ordenadores, que lo ha estandarizado todo y casi han eliminado la letra artesanal, la letra trazada por la mano del hombre, inundaran el mundo. Una de las funciones básicas de las escuelas de antes era enseñar el amor por la letra. Esa era la principal tarea que tenían encomendado los viejos maestros de escuela: enseñar a leer y escribir y las cuatro reglas; que los alumnos aprendieran a componer textos de su puño y letra, más allá de actitudes o adoctrinamiento En cierta manera, con la caligrafía u ortografía se garantizaba la función representativa de la letra, porque obligaba a atildarse en su trazado, a quererla y a respetarla. Era la forma de rendir tributo a algo divino y misterioso, que ha prestado un servicio impagable a la humanidad.

Y la dimensión erótica de la letra se encuentra relacionada con las connotaciones o valores simbólicos que esta haya adquirido socialmente a lo largo del tiempo. De un lado, tenemos la veneración que se profesa por la misma palabra escrita, considerada casi sagrada. La escritura confiere a las palabras y los textos una dignidad y una autoridad que no tienen en la lengua hablada. De ahí que se combatan con tanto saña las faltas de ortografía, consideradas una especie de profanación; que determinados canarios escriban con s palabras como zaranda y zanja o con j palabras como musgo y rasgar, para reivindicar la pronunciación del dialecto; que los vascos escriban con k palabras que en español se escriben con q o c, para dejar clara la independencia de su lengua respecto del castellano; que los David prefieran llamarse Dabiz (Dabiz Muñoz se hace llamar un reconocido cocinero español), para dar relieve y distinción a su nombre; o que la mismísima Real Academia escriba con k (okupas) el nombre de las personas que usurpan casas ajenas, para llamar la atención sobre el carácter particular de estos sujetos, que no son ocupas u ocupadores cualesquiera. No se trata de faltas de ortografía por ignorancia, sino de faltas de ortografía premeditadas; faltas de ortografía cometidas con una intención determinada. La ruptura de algo sagrado como la ortografía es la base de los efectos glamurosos que comentamos. De otro lado, tenemos que hay letras, como la k y la z, por ejemplo, que presentan en la sociedad canaria un valor simbólico especial. Se trata de letras con señorío o distinción, frente a otras, como q o s, consideradas plebeyas o del montón. Por eso, para dar un toque de distinción especial a su nombre, escriben muchos Franciscos con k uno de sus hipocorísticos más habituales (Kiko) u ortografiaron con z guanchismos como Tazacorte, Yaiza, Nauzet, Zonzamas o Lezque los escribanos isleños más cursis o alambicados, cuando, de acuerdo con las leyes del dialecto, tenían que haber escrito Tasacorte, Yaisa, Sonsamas y Lesque, como hicieron los menos presumidos o menos pedantes.

Queda demostrado, por tanto, que ese invento genial del ser humano que es la escritura, no tiene sólo una dimensión práctica, sino también una dimensión artística y una dimensión erótica, tan importantes como aquella. De ahí que, como escribe Saussure, “la palabra escrita se mezcle tan íntimamente a la palabra hablada de que es imagen, que termina por usurpar el papel principal; y se llega a dar a la representación del signo vocal tanta y más importancia que al signo mismo. Es como si se creyera que para conocer a alguien vale más mirar su fotografía que su rostro”. Así es, sin ninguna duda. Y con razón, pues, social y culturalmente, la lengua escrita es mucho más importante que la lengua hablada; como la fotografía suele ser más bella que la cara que representa.

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