A John le Carré le inspiró El jardinero fiel la falta de escrúpulos en África de la industria farmacéutica. Patarroyo libró una guerra sin cuartel con el mismo lobby al frustrarle el negocio cuando donó a la humanidad su vacuna contra la malaria.
Los audios de Torrejón ponen al descubierto las prácticas reprobables de la sanidad pública en manos privadas, en las últimas tres décadas, en esa meca de cuatreros de la salud desde Esperanza Aguirre. El escándalo es un watergate de robaperas pillados in fraganti.
Cayeron en la trampa de las artes de Villarejo: les grabaron predicando sus herejías. La primicia es de El País y ha provocado un vuelco político, como si, habituados al café de la mañana, nos topáramos con un nuevo episodio del Netflix nacional, en plena danza de cloacas entre partidos. Ahora hemos rotado a la canallesca sanitaria de Madrid. Estas alcantarillas de Torrejón van a traer cola. Porque es corrupción de carne y hueso, toca la vida de la gente.
Una empresa sanitaria española, cuya matriz francesa necesita vender acciones revalorizadas del holding en 2026, imparte sottovoce, entre cuadros directivos, órdenes de recaudar fondos a toda pastilla: aumentar las listas de espera con pacientes indeseados por costosos que hay que quitarse de encima como sea, en favor de los más baratos, que sí incrementan los beneficios, por el canon fijo que paga la comunidad.
Lo que les fastidia es que se sepa, no que se haga. En el PP de Madrid tiran balones fuera. Se hace la vista gorda. Pero los audios no son acúfenos. Chirrían por lo que se dice. Es lo del muladar. Apestan.
La foto de Feijóo y Ayuso (ver el voltaje de este periódico en la edición de ayer), insultándose con la mirada y los rostros desencajados discutiendo en un aparte del Congreso el día de la Constitución, transmiten un PP abierto en canal. Feijóo debe de estar quemado para cruzar esa calle.
Puede ser un parlamentario gris y un líder manifiestamente mejorable, pero el gallego de esto, de Sanidad, entiende, y sabe el cráter que se le ha abierto en los primeros compases de la campaña extremeña. Fue número dos de esa consejería en la Xunta de Fraga y mano derecha de Romay Beccaría en Madrid cuando el jurista español de 91 años fue ministro de Sanidad. Feijóo ocupó la secretaría general de Asistencia Sanitaria en el Ministerio y la presidencia del Insalud. ¿Harto de Ayuso, ha saltado la valla, ha hecho un Casado?
Es la deriva política del conflicto sanitario de Torrejón. Sería caza mayor. ¿Está Feijóo en condiciones de librar ese pulso con Ayuso y con Aznar, como hizo Rajoy contra Aguirre y el de Faes? La encuesta de El País y la SER, ayer, nombran el inquietante dato de Vox (cinco puntos de ascenso), pero a Feijóo le basta con el encefalograma plano para sumar con Abascal. Y parece hacer una pausa frente a Sánchez, para atender lo urgente. Lo urgente en Sanidad ahora es Ayuso, en su cuarto pufo sanitario, tras el de los ancianos de la pandemia (que se reactiva en los tribunales) y las comisiones de las mascarillas de su hermano y su pareja, hasta llegar a este pifostio de Torrejón.
En la autopsia de los audios del hospital están las tripas de un cadáver maloliente: métodos de praxis infame, que obliga a averiguar si ha habido muertes evitables. Es Hipócrates en los infiernos.
El Ministerio de Sanidad activó la alta inspección estatal, previa a la posible intervención. La ministra, Mónica García, anuncia una ley restrictiva de la gestión privada en el sector. Es el turno de MAR.
En la grabación, el alto ejecutivo invoca al dios Ebitda, los beneficios antes de impuestos y amortizaciones. Escuchar sus instrucciones gangsteriles rechina. El audio de la vergüenza es la prueba del delito, la pistola humeante.
El CEO de Ribera Salud, dimitido teóricamente, es un buen general de la empresa matriz dando órdenes a la tropa de apretar el gatillo. ¡Cómo lo van a defenestrar! La salud es un buen campo de batalla. Los pacientes caen como moscas. Las listas de espera son agradecidas. Los catéteres, reutilizados ilegalmente hasta diez veces (se ahorran 2.000 euros cada vez), se introducen en las venas y, si hay infecciones, son daños colaterales. Ayuso, en cambio, sí tiene motivos para estar cruzada con el CEO, Pablo Gallart, un hombre que ya ha hecho historia. Gallart desprende gallardía y elocuencia en la arenga al pelotón. Aunque en la fachada pusiera hospital, era una expendeduría, se estaba para ganar dinero. Corrupción de cuello blanco. Y de bata blanca.
Salvo un detalle. La culpa de este gatuperio orwelliano no es de los médicos. Cuatro profesionales lo denunciaron internamente y los echaron a la calle. Y 260 trabajadores firmaron un manifiesto por recibir presiones para abaratar costes. Ahora empieza la parodia de los que solo pasaban por allí.
