No todas las historias navideñas van a ser sobre Mr. Scrooge y otros perversos avaros que se vuelven buenos por estas nevadas fechas. Personajes, sobre todo de Dickens, que han alegrado y entristecido nuestras infancias. El gato de esta historia no se llama Ebenezer, sino Oreo, y un día se fue de casa, quizá apollabobado con alguna conquista que le salió cara, como suele ser habitual en las aventuras sin sentido. Cuenta el sitio ‘web’ del Ayuntamiento de El Rosario que una organización de voluntarios que se dedica a buscar animales perdidos halló al gato Oreo, en estas vísperas de la Navidad, siete años y medio después de que desapareciera de su domicilio. La familia lo buscó con afán por toda la Isla, con resultado infructuoso. Pasó el tiempo y su dueña se trasladó a Bilbao. Ahora se han vuelto a abrazar, una vez que el ya viejo gato Oreo fuera hallado, identificado y rescatado en Varadero (Radazul). Para reescribir la historia, he puesto en el pick-up la canción de Roberto Carlos El gato que está triste y azul en un microsurco que me compró mi abuela, siendo yo muy joven, en la única tienda de discos que había en el Puerto de la Cruz, que se llamaba Monar. Una vez que pudo ser identificada la propietaria del gato, a través del microchip que portaba el animal, se le avisó de su aparición y voló desde Bilbao a Tenerife para abrazar y recoger a su felino perdido y hallado en Radazul. Una historia navideña que enternece al más bruto (que brutos hay en esta Isla para dar y regalar). Ahora Oreo vivirá quién sabe si en Guecho o en Neguri, y probablemente no se volverá a perder, seis de sus siete vidas después. Bienvenido, gato. Te invito a un café en Tiffany, porque tu historia tiene algo de aquella, tan hermosa, de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes.
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