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Otro cuento de Navidad

Había prometido salir de su infierno, cuando se dio cuenta de que iba camino de viejo, pero aquel ruso alto y cano vivía gracias a sus poesías en castellano, poesías de enamorados. Cuando lo conocí las cobraba a cinco pesetas y las rentas le permitían malvivir en una habitación de pensión y comer, igualmente mal, en garitos de chochos y moscas. Vladimir Ivanov se había casado -según él- cuatro veces y allá en la estepa decidió no pasar frío más inviernos, en lo posible. Recaló en España y se instaló en Sevilla, donde los atardeceres huelen a azahar. Había aprendido, él solo, casi sin acento ajeno, el idioma de su admirado Cervantes y cuando llegó a Andalucía se sintió libre, por primera vez. El lío fue en la frontera. Los rusos no eran muy bienvenidos entonces en este país, pero al final de una discusión con los aduaneros, que duró tres días con sus correspondientes noches, lo dejaron pasar, más por cansancio de los guardias que por convencimiento, por uno de los pasos fronterizos de los Pirineos. Llegó a Sevilla en autostop. Es verdad que todo el mundo paraba, al ver el porte del ruso: un hombre elegante, bien vestido y acarreando una maletita de viaje que más bien parecía la de un colegial. En un contenedor de Sierpes se encontró una silla de tijera destartalada y una mesa de escolar, que recogió y desplegó en el parque de María Luisa, junto al mosaico de Canarias. Allí lo conocí, escribiendo poemas como un loco, entre soldados francos de servicio y criadas en día de asueto. “La vida para mí es una poesía”, me dijo, sin dar tregua al lápiz, cuya mina mojaba con la lengua para resaltar lo escrito. El otro día leí su obituario. Tenía casi 100 años y todavía se ganaba la vida escribiendo poesías de amor.

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