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Precios disparatados

Nadie controla los precios. A mí me cuesta cada vez más la cesta de la compra, cuyos comprobantes del supermercado empiezo a mirar con ojos de jubileta. Hace unos meses gastaba 80 euros semanales en compras domésticas: huevos, leche, papas, papel higiénico, productos de limpieza, verduras, etcétera. Ahora la cosa va por los 100 euros. Ha subido de precio hasta la Coca-Cola Zero. En Nueva York me dicen algunos amigos que han pagado 3,50 dólares por un tomate. Aquí tenemos algunos, muy hermosos, que valen mucho más baratos. En Nueva York, donde yo antes me compraba la ropa, los precios resultan ahora prohibitivos, aunque los sueldos y las pensiones sean mucho más altos que los nuestros. No digamos los alquileres, que se han disparado en todas partes. En Tenerife encontrar una vivienda barata parece cosa de otro mundo. En los pueblos, todavía; pero en Santa Cruz y en los lugares turísticos, imposible. Los precios aumentan constantemente en todo el mundo, aunque yo tengo un amigo que trabaja en una línea aérea que todavía consigue chollos, sobre todo en las tiendas de ciertos aeropuertos. Pero no quiero apabullarlo con encargos. Cada vez que Félix Lam, mi amigo de NY, viene a Tenerife me trae chocolate con cacahuetes, mi especialidad, que antes compraba tirados de precio y ahora ya cuestan mucho más caros, incluso en las duty free shops de Newark y NY. Todo es un sinvivir, pero nadie parece controlar nada, si es que los precios se pueden controlar en un mercado libre. Hay una enorme diferencia en nuestro poder adquisitivo: se estancan los sueldos y las pensiones y sube el coste de la vida. Lograr el equilibrio es la obligación de quienes gobiernan, pero a los que gobiernan les importa un huevo todo. A ellos no les afecta porque ganan mucho dinero. Nuestro dinero.