No entenderíamos a Jaume Plensa (Barcelona, 1955) sin el espacio público. No miraríamos de igual forma a los laureles de indias del parque García Sanabria sin la escultura Islas (1995), un conjunto de 73 cajas de aluminio negro, metacrilato y neón suspendidas de las ramas por cables de acero. Maravilloso autorretrato del escultor a través del mundo del arte del siglo XX, luminarias nocturnas que atestiguan la pluralidad de la creación, que testimonian la verdad artística propia frente a la opinión discrepante del resto de la humanidad. ¿Se imaginan que toda la obra artística del Mundo fuese la misma? “¡Qué horror!”, exclama el escultor. Gracias, Plensa, por alumbrar la vida. Gracias, Plensa, por volar con ideas sin necesidad de alas. Gracias por no competir (¡qué necesidad!), por estar conmigo o contra mí desde la unión del arte con letras, fórmulas, alfabetos… Afortunadas mezclas y búsquedas que generan fuerzas dinámicas que cohesionan e intercambian conocimiento desde la diferencia. Afortunados códigos distintos sin ánimo de dividir. Porque (lo dice el creador) lo importante no es el objeto sino la actitud con que se afrontan las cosas. Se trata de adornar la sociedad con preciosuras. O sea, con lo más parecido a la verdad que huye de las polarizaciones y de la violencia.
La hermosura saliente de Plensa (y de tantas seseras) es más necesaria que nunca. “Mirar de frente a la gran belleza es un subidón, un shock”, dice sin estridencias, suave, como en silencio, el hacedor de emociones. Hablar de Plensa es hablar del silencio. Prestar atención a Plensa en silencio es entender que es importante reivindicar el mutismo para percibir el pensamiento en contraposición al ruido. Demasiado. Por eso las cabezas de Plensa tienen los ojos cerrados. Con la mirada tarambana no hay manera de encontrar la placidez de la reflexión, inviable percibir el corazón de un árbol aunque se abrace. ¡Qué sabio el abrazo!
Las esculturas de Plensa (y tantas) son como árboles, océanos y montañas que pertenecen a la gente, a la eternidad. No entienden de lo efímero, de instalaciones pasajeras: si Río de Janeiro cercena la testa en Copacabana, Miami la coronará cerca de la bohemia de Wynwood y del mar cálido de la beach. Guapa Minna. Y guapa la Carla que, igualmente, cierra los ojos junto al TEA de gotas colgantes y sombras que flirtean, intuyen la luz y van a su encuentro. Herzog & de Meuron y Jaume Plensa coinciden en el poema inacabado de la plaza común que dialoga en la diversidad.
Cada pieza es única, una maravilla de la naturaleza gestada con el alma. No podría ser de otra forma. Plensa es espiritual. No concibe un cuerpo de carne y hueso y nada más No podría, entonces, erguirse, escudriñar en el jardín de su interior, brillar en cualquier esquina, como refulgen sus mujeres monumentales poseedoras de paz, calma y aliento. Plensa ensalza la capacidad de concebir y guardar que tienen ellas. “Ojalá el Mundo de hoy tuviese más en cuenta lo femenino”, subraya el maestro de la materia y del espíritu, solo capaz de nadar en el Mar Muerto. Flotar (pese) es posible y no renunciar al último resto de esperanza sobre la madre tierra, también.
Jaume Plensa expone en el Espacio Cultural de la Fundación CajaCanarias en Santa Cruz de Tenerife la exposición Sombras y poemas. La muestra, hasta el13 de junio de 2026, reúne cerca de un centenar de obras creadas desde la década de los noventa hasta la actualidad. Una fotografía de su estudio de más de doce metros de largo, dibujos, grabados, impresiones, piezas de hierro, bronce, vidrio, notas musicales… homenajean al ser humano. En el sosiego escuchamos.

